Los anfibios son los vertebrados terrestres más antiguos que existen y por ello el descenso de sus poblaciones en todo el mundo y en todo tipo de hábitats es muy preocupante.
Algo bastante grave está ocurriendo en el ambiente si se están extinguiendo animales que sobrevivieron a los dinosaurios.
Desde los años cincuenta del siglo pasado se ha venido registrando una disminución espectacular (sobre todo entre los años 50 y 70) de las poblaciones de múltiples especies, sin importar si vivían en un hábitat muy alterado por el hombre o en el interior de un área protegida. Esto sugiere que las causas deben ser complejas, y probablemente distintas para las diferentes especies. Establecer estas causas puede ser muy importante, no ya sólo para proteger a estos animales, sino para preservar la salud ambiental del planeta, ya que los anfibios pueden ser unos indicadores bastante fiables de ésta.
Ello se debe a que reflejan lo que ocurre en dos tipos de hábitats al mismo tiempo, ya que desarrollan una etapa de sus vidas en el agua y otra en el medio terrestre. Además, su piel es delgada y permeable, y sus huevos no están protegidos por una cáscara protectora, por lo que pueden mostrar rápidamente los efectos de sustancias contaminantes y otras agresiones.
Parece que el principal causante de la extinción a nivel mundial es un hongo que puede vivir en el agua consumiendo materia muerta, pero que también puede atacar a los anfibios, causando daños sobre todo en su piel. Se ha demostrado que las extinciones masivas de anfibios en Panamá y Australia han sido subsiguientes a la llegada del hongo. Esta explicación parece eximirnos de responsabilidad, pero varios indicios apuntan a que somos los principales responsables de la dispersión del hongo por todo el planeta. ¿Os acordáis de la famosa rana de la “prueba de la rana” del embarazo, que se usó desde los años treinta hasta los 70 del siglo pasado? Pues es de Sudáfrica, lugar donde se encontraron los primeros anfibios enfermos, y ella misma es inmune al parásito, por lo que pudo actuar como vector de la enfermedad. También el hombre ha podido aumentar el impacto de la infección al reducir la capa de ozono y aumentar por tanto la radiación ultravioleta que llega a la superficie. Estas radiaciones podrían debilitar la respuesta inmunitaria de los anfibios (se ha comprobado que las poblaciones más afectadas son las que viven en alta montaña, donde la radiación ultravioleta es mayor).
Esto también podría influir en el alarmante aumento de casos observados de anfibios con malformaciones. En muchas poblaciones naturales hay muchos anfibios con más patas de lo normal o con la falta de alguna de ellas. Estos animales son más vulnerables frente a los depredadores y se alimentan peor. Tras muchas pesquisas, se ha conseguido relacionar estas malformaciones con la infección por un gusano trematodo que usa como hospedador intermedio a un caracol que vive en los mismos lugares que los anfibios. Tras abandonar los caracoles, las larvas del gusano penetran en los renacuajos y forman quistes en las zonas donde se van a formar las patas, alterando su desarrollo.
El hombre también podría contribuir al aumento de malformaciones con el excesivo aporte de fertilizantes a las zonas húmedas, que provoca un crecimiento desmesurado de las algas, lo que conlleva un aumento de las poblaciones de caracoles y una mayor exposición de los anfibios al parásito.
Otras alteraciones causadas por el hombre afectan muy negativamente a las poblaciones de anfibios. Probablemente el factor principal es la reducción de charcas y otras zonas húmedas debida al uso del agua por los humanos. La deforestación afecta a multitud de especies, sobre todo en los bosques húmedos tropicales. La contaminación por sustancias tóxicas se ha relacionado también con una mayor mortalidad de anfibios. En concreto, se ha comprobado que la lluvia ácida afecta a anfibios de las zonas industrializadas, y los nitritos y nitratos usados como fertilizantes causan alteraciones graves a las larvas de anfibios a concentraciones que se consideran no peligrosas para los humanos y que se superan ampliamente en las aguas subterráneas.
El consumo excesivo de ancas de rana está amenazando las poblaciones en algunas zonas. La introducción de especies extrañas en los ecosistemas también está afectando a numerosos anfibios. Dos casos catastróficos son los de la rana toro y el sapo marino, que son animales de gran tamaño, muy voraces y dotados de pieles con sustancias repelentes, por lo que apenas encuentran depredadores en sus nuevos hábitats. Ya se han extendido por medio mundo y no hay manera de pararlos (la rana toro incluso ha llegado a España). La introducción de peces en los ríos para la pesca deportiva también ha tenido un efecto muy negativo sobre los anfibios.
Los anfibios son los vertebrados más abundantes en algunos ecosistemas y juegan un papel crucial. Depredan sobre gran cantidad de invertebrados y otros pequeños animales y sirven de alimento a su vez a muchos depredadores, por lo que su desaparición alteraría gravemente el esquema actual de relaciones tróficas y el balance de energía de los ecosistemas.
Perder los anfibios significaría perder muchas cosas: perder criaturas que fabrican medicamentos muy poderosos, que pueden enseñarnos muchas cosas acerca de la regeneración de órganos (ciertas salamandras reconstruyen sus patas y porciones de órganos internos amputadas, incluso del corazón), o enseñarnos cómo sobrevivir con el 65% del agua del cuerpo convertida en hielo, o cómo absorber agua para mantenerse vivos durante meses e incluso años. Pero es que además, perderlos significaría empezar a perder el planeta.

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