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Vegetación del mundo: Los incontables paisajes vegetales

Desde la bucólica campiña inglesa a la agresiva vegetación de un desierto, desde el sobrecogimiento de las tundras a la lujuria de las selvas tropicales, los paisajes vegetales del mundo se despliegan en un inabarcable calidoscopio de posibilidades.

La causa de toda esta diversidad es que sobre la vida vegetal influyen muy variados factores, que pueden presentar un rango muy amplio de variación. Entre ellos están la temperatura, la humedad, el régimen de vientos y de precipitaciones, el grado de estacionalidad, el sustrato geológico y en consecuencia el tipo de suelo que puede derivarse de él, etc. La diversa combinación de factores explica, por ejemplo, que la flora de las altas montañas, a pesar de sus similitudes, sea diferente a la de las tundras subpolares. Ambos hábitats se caracterizan por el frío y los fuertes vientos, pero mientras cerca de los polos hay una estacionalidad muy acusada, ésta va descendiendo al acercarnos a los trópicos, donde apenas hay variación estacional y en cambio hay una marcada diferencia entre el día y la noche.

Otro factor que condiciona mucho la fisonomía vegetal de un territorio es el grado de continentalidad, la distancia al mar. Las grandes masas de agua absorben y emiten el calor lentamente, de forma que son buenos reguladores de la temperatura. Al adentrarnos en los continentes, cada vez disminuirá la humedad y aumentará el contraste entre las temperaturas máximas y mínimas. Esto explica por qué el centro de los continentes suele estar ocupado, en función de la latitud, por desiertos, sabanas, praderas o estepas, y los bordes por bosques húmedos (aunque también hay desiertos costeros, en zonas como el norte de Chile o Namibia, en el sur de África, a las que por los patrones de circulación atmosférica no llegan las borrascas). La dominancia de especies herbáceas también puede ser explicada en algunas zonas continentales como producto de la abundancia de incendios causados por las tormentas secas.

La disposición de las cadenas montañosas tiene una influencia decisiva sobre la vegetación. Una orientación norte-sur actúa como una barrera para las lluvias. Las borrascas que entran por el oeste o el este descargan en la cara por la que llegan, al verse obligadas las nubes a ascender por las laderas y enfriarse. La cara posterior de la cadena montañosa se ve afectada por una “sombra de lluvias” y presenta una vegetación mucho más adaptada a climas secos (en España, es por ejemplo el caso de Almería, privada de las lluvias del oeste, por donde entra la humedad en los climas mediterráneos, por las altas cumbres de Sierra Nevada). Una orientación este-oeste de las cadenas montañosas actúa como barrera térmica, protegiendo, por ejemplo, en el hemisferio norte, a las plantas situadas al sur de la cadena de los vientos polares (por eso, y por la cercanía de la costa, pueden desarrollarse cultivos subtropicales al sur de Sierra Nevada). Esta orientación puede actuar también como trampa para las especies en épocas de glaciación: las plantas amantes del calor se topan con las montañas y no pueden escapar hacia el sur. Por ello, en Europa, con orientación preferente este-oeste de las cadenas montañosas, hay menos diversidad biológica que en América del Norte, donde las cadenas se disponen de norte a sur y los organismos pudieron desplazarse hacia el sur a través de los pasillos.

La diversidad de bosques en el mundo puede ser bien explicada en base a la combinación principalmente de dos factores: la latitud y el régimen de lluvias. En las zonas ecuatoriales, el calor constante del sol evapora mucha agua y llueve prácticamente todos los días. Por eso puede desarrollarse la vegetación tan exuberante de las selvas tropicales. Los árboles crecen mucho en altura y mantienen las hojas, que son anchas y no protegidas contra la desecación, durante todo el año.

Al subir en latitud hacia regiones subtropicales y hacerse algo más estacional el régimen de lluvias, aunque aún son copiosas, los árboles pueden perder las hojas durante la estación seca, que suele ser también la más fría. Aquí el factor que hace caer las hojas es la sequedad, en vez del frío como en las zonas templadas. Durante la estación húmeda, estos bosques presentan el aspecto de una selva tropical en miniatura y resulta un poco fantasmagórico encontrar esos frondosos bosques pelados al sol.

Tras pasar la zona de los desiertos y subdesiertos, encontramos de nuevo regiones húmedas. La primera de ellas es la zona mediterránea, que no sólo aparece en el mar Mediterráneo, sino también en zonas occidentales de otros continentes a similar latitud (California y zonas de Chile, Sudáfrica y Australia). Su principal característica es que las estaciones húmedas son las más frías (otoño, invierno y primavera) y la estación seca (casi absolutamente seca) es el verano, lo que produce un gran estrés hídrico (conjunción de falta de lluvias con elevada evaporación de agua por el calor). La solución que mayoritariamente han desarrollado las plantas de este entorno es desarrollar unas hojas protegidas de la desecación por varias capas céreas, con lo que reducen la pérdida del agua en el verano. Debido a la falta de agua, no pueden permitirse el lujo de crear y dejar caer todos los años sus hojas. Afortunadamente, el invierno no suele ser muy riguroso y estas plantas lo aguantan bien.

Al subir un poco más en latitud entramos en regiones en las que llueve durante casi todo el año. El anticiclón que se forma en verano e impide la llegada de borrascas desde el océano a las zonas mediterráneas no se forma aquí. En algunas de estas regiones la cantidad anual de precipitaciones no es superior a la de algunas zonas mediterráneas, pero están más regularmente repartidas y no hay sequía estival marcada. Por ello los árboles aprovechan al máximo la estación más adecuada para el crecimiento vegetal, por las temperaturas cálidas, el verano, por medio de hojas anchas, delgadas y que no interponen obstáculos al paso del agua. Pero durante el otoño deben desprenderse de ellas, pues los fríos del invierno las dañarían. Como hay humedad de sobra, pueden permitirse el gasto que supone hacer brotar hojas nuevas todos los años.

Cuando subimos aún más en latitud, hasta las regiones cercanas al círculo polar, encontramos un bosque de coníferas, la taiga, muchas de cuyas especies mantienen sus hojas todo el año. ¿Por qué esto es así, ya que hace más frío en invierno que en los bosques caducifolios templados? La razón es que el verano es breve y relativamente frío, y hay menos humedad porque estos bosques suelen presentarse en ambientes continentales. No da tiempo a que la planta regenere sus hojas y esté fotosintetizando el tiempo suficiente para proveerla de reservas. Además, estos suelos de climas fríos suelen ser pobres en nutrientes. La razón por la que estos árboles pueden enfrentar sus hojas altivamente ante el invierno es que son hojas muy resistentes, con forma de aguja y cubiertas por duras capas protectoras. El calentamiento global podría conducir a que estos bosques ganaran terreno hacia el polo y compensaran un poco el efecto destructor del hombre en las selvas tropicales.

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...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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