El Tyrannosaurus Rex es el más popular de los dinosaurios. Encarna quizá mejor que ningún otro animal de cuantos han existido el prototipo del monstruo, el triunfo de la fuerza bruta.
Se han descubierto fósiles de dinosaurios carnívoros, como el Giganotosaurus, que superaban sus 12 metros de largo, pero todo parece indicar que no eran tan temibles depredadores.
Esta impresión de monstruosidad se ve acentuada por el aspecto grotesco de su cuerpo. Tenía unas patas traseras y una cola muy robustas, unos brazos de tamaño ridículo (los paleontólogos se esfuerzan por encontrarles funciones, pero probablemente no servían para nada), un grueso cuello y unas mandíbulas desmesuradas, erizadas de dientes cónicos y aserrados del tamaño de una mano humana. Los músculos que movían sus mandíbulas eran tremendamente poderosos, según se deduce de las grandes zonas de inserción que se observan en sus cráneos. Todo el animal parece una máquina específicamente diseñada para dar bocados.
La táctica de caza del Tyrannosaurus rex está siendo estudiada a través de huesos de dinosaurios (incluyendo los de su propia especie, ya que al parecer las peleas entre ellos eran frecuentes) que presentan marcas de sus dientes. Se supone que este animal no se preocupaba de morder a su presa en un lugar vital, como el cuello o el hocico, ni pretendía agarrarla para ahogarla o romperle el cuello. Simplemente atacaba donde podía y daba un bocado terrorífico, clavando los dientes profundamente y llevándose un gran pedazo de carne.
Sus dientes afilados eran capaces de penetrar en los huesos de sus presas y romperlos. Probablemente se retiraba después de cada bocado y esperaba a que el animal se fuera debilitando y desangrando. Algunos expertos sostienen que usaba una táctica parecida a la del actual dragón de Komodo: inocular en la herida bacterias tóxicas que alimentaba en su boca. Sus dientes presentan pequeñas celdas que podían alojar trozos de comida quizá con este fin.
Su vista y su olfato eran buenos, a juzgar por el tamaño de los lóbulos ópticos y olfatorios de su cerebro, que se pueden apreciar en la forma de su cráneo. Seguramente calculaba bien las distancias, ya que la disposición de sus ojos era bastante frontal (esto sería vital para un animal que acechara y efectuara un ataque sorpresivo). El cerebro tenía un tamaño medio y se piensa que el animal tenía un nivel aceptable de inteligencia. Sólo otros dinosaurios carnívoros más pequeños y ágiles, como el velocirraptor y Troodon, le superarían en este aspecto.
A pesar de todas estas capacidades demoledoras, recientemente se han realizado algunos estudios que cuestionan su fiera reputación de superdepredador. Algunos modelos de locomoción realizados por ordenador y contrastados con animales vivos relacionados con él, como los pollos o los cocodrilos, sugieren que podía haber sido un animal bastante lento. Los animales muy grandes, como él, necesitan dedicar una proporción mayor de su masa muscular a sostener su propio cuerpo que los pequeños. Se había hablado antes de que el tiranosaurio podía haber llegado incluso puntualmente a los 70 km/h, pero para ello, según este modelo, debería haber poseído en torno al 40 por ciento de su peso corporal en cada pata, en forma de músculos, lo cual es imposible. Hoy se sugiere que su límite de velocidad pudo haber estado entre los 16 y los 40 km/h.
Además, probablemente no era muy ágil. Su cola le servía para mantener el equilibrio, pero tener unos brazos tan pequeños era un inconveniente para realizar virajes, porque si el animal caía era muy probable que se produjera fracturas.
Otros autores, apoyándose en pruebas como el escaso desgaste dental o algunos hallazgos de dinosaurios muertos por causas al parecer naturales con señales de sus bocados, han sugerido que quizá era más un carroñero que un depredador. Si se confirmara esta teoría, sería un desastre para los productores de cine, ya que la vida de un carroñero es muy poco espectacular y seguramente no seduciría a millones de personas.
Pero también se han encontrado pruebas de que Tyrannosaurus atacaba presas vivas. Sus marcas son menos frecuentes en dinosaurios peligrosos o protegidos por placas óseas. Si sólo comiera presas muertas le daría igual su peligrosidad. Además, se han encontrado marcas de heridas producidas por sus dientes en huesos que cicatrizaron posteriormente. El tiranosaurio era quizá poco ágil y rápido, pero sus enormes presas seguramente lo eran aún menos. Además, quizá con esas mandíbulas no necesitara ser muy ágil.
Lo más probable es que actuara como la mayoría de los carnívoros actuales, que comen carroña cuando pueden. Aunque sólo unos pocos animales, como los buitres, tienen jugos digestivos lo suficientemente potentes como para tolerar la carne en avanzado estado de descomposición, muchos depredadores (incluyendo a los leones) complementan su dieta con animales recientemente muertos en cuanto los encuentran. Esta estrategia es muy eficaz, ya que evita el gasto de energía y el riesgo de salir herido asociados al ataque a presas vivas. Los hombres primitivos, cuyas virtudes cazadoras han sido tan elogiadas, fueron muy probablemente carroñeros en las primeras etapas de su evolución, así que en MundoBiología podemos perdonarle alguna debilidad al mayor asesino de la historia.

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Un animal increíble. En un artículo de la revista científica Nature, calcularon que el Tiranosaurio Rex, un dinosaurio bípedo, necesitaría de una cantidad masiva (casi imposible) de músculos en las piernas para generar suficiente fuerza y así sostener su enorme cuerpo a un ritmo muy rápido de carrera. Es decir, Antonio tienes razón al afirmar que eran animales poco ágiles.
Un saludo y enhorabuena por la información de MundoBiología.
Muy interesante la información escrita por Antonio relacionada con los dinosaurios. Se nota que eres un hombre que sabes de lo que hablas.
A mi me interesa el área de la Citología, si se puede clonar un dinosaurio y en caso de no ser así actualmente si en un futuro se podrá clonar a uno de estos fantásticos animales.
Lo de clonar a un dinosaurio parece ahora más improbable que cuando se escribió “Parque Jurásico”, ya que se ha comprobado que el ADN se degrada bastante rápido y no aguantaría 65 millones de años o más. Pero nunca hay que cerrar puertas (y menos en ciencia). Se han encontrado restos de proteínas (como el colágeno, que por cierto se parece mucho al del pollo) en algunos fósiles de dinosaurio y a partir de ahí se podría reconstruir parte de la secuencia genética. Otra parte quizá podría provenir de pequeños restos de ADN en fósiles conservados en circunstancias extraordinarias. Otra parte de los genes los podríamos obtener estudiando bien el genoma de las aves y escogiendo los que compartan la mayoría de ellas (que seguramente también poseían sus parientes dinosaurios). Con otra parte dejada a nuestra intuición, podríamos tener los genes, aunque aún quedarían los problemas prácticos del desarrollo del embrión, la incubación, etc.