Español flagInglés flag

Tiempo estimado de lectura 3:41 min. rellotge
Sexualidad: Humana frente animal

El ser humano es el animal más lujurioso que existe, a pesar de que muchas de sus manifestaciones culturales vayan en la dirección de la represión y el apaciguamiento de los impulsos sexuales.

Ninguna otra criatura es excitada por tal cantidad de estímulos, dedica tanto tiempo y energía al cortejo y la preparación a la cópula y muestra tal variedad de conductas sexuales. La hembra humana es singular porque es receptiva para el contacto sexual en cualquier momento y puede alcanzar un orgasmo similar al del macho.

Aunque en la naturaleza aparecen todo tipo de comportamientos y “aberraciones” sexuales, de modo que ninguna conducta humana (como por ejemplo, la heterosexualidad) puede ser justificada en base al concepto de “lo natural”, nuestra especie es peculiar porque los aglutina todos. Entre los primates, sólo existe una especie que se nos parece bastante en el modo en que el sexo impregna las relaciones sociales. Se trata del chimpancé pigmeo o bonobo, un animal pacífico y sociable, en el que el sexo en estado natural se desvincula de la reproducción y es usado como juego o para apaciguar conflictos.

El comportamiento sexual de esta especie, que se caracteriza por ejemplo por la copulación cara a cara, los frotamientos genitales entre miembros del mismo sexo o el sexo oral, puede poner en tela de juicio muchas ideas establecidas sobre la evolución de nuestros rasgos sexuales a partir del modelo de dominancia del macho de los otros simios superiores y de formación de parejas estables. En las sociedades de bonobos las hembras tienen un papel y un estatus similares a los de los machos y son bastante independientes en sus relaciones sexuales, que disfrutan plenamente.

Los rasgos más peculiares de nuestra sexualidad han sido explicados tradicionalmente (en “El mono desnudo“, de Desmond Morris, por ejemplo) como adaptaciones para atraer permanentemente al compañero sexual y fomentar la formación de parejas estables, que garantizarían un aporte de alimentos constante y un entorno favorable para la prolongada etapa de cría. La organización en parejas sería un compromiso para evitar los conflictos entre machos por el acceso a las hembras, ya que se requeriría la cooperación social para que la caza fuera eficaz.

Mientras que la mayoría de las hembras de mamíferos sólo se muestran interesadas por el sexo durante el breve periodo del celo o incluso sólo durante las horas que dura el proceso de ovulación, las hembras humanas son receptivas en cualquier momento, incluso estando preñadas y poco después del parto. Esto se ha interpretado como un intento de retener al macho a su lado, para que coopere con ella en el cuidado de las crías y en el aporte de alimentos. El prolongado tiempo de vida en familia de las crías humanas y su alto grado de socialización influirían también en la necesidad de un vínculo emocional estable con otro individuo una vez que abandonan el núcleo familiar.

Las hembras humanas despliegan para atraer a los machos una variedad de artes de seducción sin parangón en el mundo animal (también los machos para atraer a las hembras, aunque quizá de una forma menos marcada). Los seres humanos presentan una cantidad de zonas erógenas mucho mayor que otras especies y son múltiples los estímulos que pueden excitarnos. El cortejo y la fase previa a la cópula ofrecen muchos estímulos placenteros y muchos rasgos de nuestra anatomía pueden estar modelados por la selección sexual.

Las hembras humanas son las únicas que presentan unos pechos prominentes en cualquier época, y unos glúteos carnosos que probablemente sustituyen la hinchazón genital de otras especies durante la época de celo. A lo largo del tiempo, los machos seleccionarían para aparearse a las hembras que presentaran más llamativos estos caracteres. Se ha especulado con que rasgos como nuestros labios marcados e incluso los lóbulos carnosos de nuestras orejas han evolucionado sólo para proporcionarnos placer e intensificar los vínculos de pareja.

El orgasmo femenino puede ser un resultado accidental de nuestra postura bípeda, que facilita la cópula cara a cara. Ésta es muy característica de los humanos y permite una estimulación intensa del clítoris. Quizá el orgasmo de la hembra contribuyó a que no se levantara inmediatamente después de la cópula, lo que podría producir que se derramara gran parte del semen. Además, si la hembra encontraba placer en el sexo se incrementaría su esfuerzo para mantener los vínculos de pareja.

Estas teorías pueden sin duda ayudar a explicar muchos hechos de nuestra evolución sexual, pero entran aún demasiado dentro del ámbito de las hipótesis, sin datos objetivos que avalen muchas de sus afirmaciones. Se fundamentan en un modelo de organización social (la pareja heterosexual) que no es universal en las sociedades humanas y además no está demostrado que éste fuera el modelo de organización en los primeros homínidos. Para que esta teoría fuese plausible, se requeriría que hubieran evolucionado a la par el estrechamiento de los vínculos de pareja y estos rasgos sexuales, reforzándose mutuamente.

La vida sexual sin complejos, rica, paritaria y relajada de los bonobos, quizá introduzca en otro escenario mucho más complejo la evolución de nuestra sexualidad.

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 Estrellas (1 votos, promedio: 5 de 5)
Cargando ... Cargando ...



...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


Otros Reportajes:

Otros Reportajes Bacterias: Cómo transformaron la Tierra »
Otros Reportajes La mujer: El organismo más extraordinario del planeta »






Publicidad


Publicidad




PortalMundos Factory, S.L. | 2000 - 2008 | Hosting Profesional por isyourhost.com isyourhost.com