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Recuperación de faunas extintas: la polémica

¿Leones y guepardos en Montana? ¿Están en su sano juicio los conservacionistas que proponen la introducción de estos animales en hábitats de Norteamérica?

Su propuesta no es tan descabellada como parece a primera vista. Estas fieras vivieron en las praderas de Norteamérica hasta hace pocos miles de años. La mayoría se extinguieron hace unos 13.000 años y los científicos están hoy bastante convencidos de que los cazadores humanos tuvieron mucho que ver en ello. En ese caso, sólo se trataría de devolver a esos animales lo que fue suyo.

La Norteamérica de finales del Pleistoceno albergaba una fauna impresionante de grandes mamíferos. Había gigantescos armadillos y grandes perezosos terrestres. El miedo tenía muchas y feroces caras: el extinto lobo terrible (algo tendría para merecer ese nombre), el oso caricorto gigante, el león de dientes de sable, el león americano (la misma especie que la actual) y una especie de guepardo; además de los supervivientes osos negro y pardo, lobo gris, jaguar y puma. Vivían tres especies de mamuts y una de mastodonte, varias especies autóctonas de caballos y asnos, una especie de camello y otra de llama y bastantes más de otros artiodáctilos (pécaris, ciervos, cabras, bueyes y bisontes). Esta exhuberancia se debía en parte a que en Norteamérica las cadenas de montañas están orientadas de norte a sur y los animales no encontraron barreras en su migración al sur durante las glaciaciones.

Los grandes animales son los primeros en desaparecer en los momentos de crisis. Son perseguidos con especial enconamiento por el hombre y sus tasas de reproducción son bajas. El papel que juegan en los ecosistemas es muy importante. Los grandes depredadores controlan las poblaciones de muchos herbívoros. Cuando faltan, los herbívoros mejor adaptados arrasan con la vegetación y los menos adaptados se extinguen. La biodiversidad se reduce. Los partidarios de la reintroducción de grandes especies desaparecidas de Norteamérica aducen que el papel de la megafauna no ha sido desempeñado eficazmente por los escasos supervivientes (de menor tamaño que la mayoría de los extintos) y que debido a ello los ecosistemas llevan miles de años funcionando defectuosamente. Un ejemplo llamativo de desajuste es el del berrendo o antílope americano, que parece demasiado veloz para las amenazas que tiene que afrontar en la actualidad, pero que seguramente no era todo lo veloz que deseaba hace 13.000 años, cuando era perseguido por los guepardos americanos.

La reintroducción no busca una recreación exacta del pasado, sino más bien restaurar la función ecológica de los grandes animales. Los ecosistemas americanos no son hoy los mismos que hace 13.000 años, pero los principales cambios han sido producidos precisamente por la desaparición de la megafauna. Casi todos los pequeños mamíferos y las plantas de antaño perviven en la actualidad. La mayoría de las especies se han perdido irremediablemente, pero el león actual, aunque diferente genéticamente, sí pertenece a la misma especie. El guepardo africano podría sustituir al extinto, el camello bactriano al camello occidental y el elefante africano podría desempeñar el rol de los antiguos mamuts y mastodontes.

El proyecto de la asociación no es, desde luego, inundar Norteamérica de estos animales y alterar el funcionamiento de los ecosistemas continentales, sino constituir algunas reservas en actuales explotaciones ganaderas o hábitats seminaturales. Estos parques atraerían el turismo y pueden servir de refugio a animales que están amenazados en otras áreas. Se trataría de experimentar si se pueden regenerar las pautas normales de funcionamiento de un ecosistema alterado y de comprobar el grado de adaptación de grandes mamíferos amenazados a nuevos hábitats (probablemente haya que recurrir en el futuro a esta práctica para salvar a múltiples especies). El cambio climático jugaría a favor de la reintroducción, ya que mitigaría el frío que podría afectar a algunas especies africanas. Otras reintroducciones a menor escala han tenido éxito y han mejorado el funcionamiento de los ecosistemas, como la del lobo gris en el parque de Yellowstone, de donde había desaparecido en la década de 1.920. Incluso se han llegado a reintroducir en otras partes del mundo animales (como bisontes, caballos y uros) que se extinguieron en esas zonas hace algunos miles de años, o bien especies muy emparentadas.

Algunos críticos recelan del proyecto por su tufillo sensacionalista (parece una acción demasiado “a lo grande”). También se oponen porque la mayoría de las especies modernas son distintas de las extinguidas, aunque el ADN revele un parentesco cercano. Además, no se va a poder recomponer el puzzle completo y la ausencia de las especies para las que no hay sustitutos puede provocar graves desajustes. Por otro lado, los ecosistemas no sólo han cambiado en estos 13.000 años por la extinción de la megafauna: han intervenido otros factores biológicos, climáticos, la alteración humana, etc.

Éste es un tema muy adecuado para el debate por medio de los comentarios al reportaje. Yo voy a expresar mi opinión, que es muy subjetiva, para animaros a que me llevéis la contraria. Pienso que, incluso en el campo de la biología conservacionista, no está de más aplicar el principio de sabiduría de vida que nos dice que no debemos aferrarnos demasiado al pasado, ni para lo bueno ni para lo malo. Parafraseando a Heráclito, “los ecosistemas no se reflejan dos veces en el mismo río”. Los ecosistemas pasados eran maravillosos, pero no debemos obsesionarnos con ellos considerándolos paraísos perdidos. Todo cambia, y no podemos volver exactamente al punto de partida. Sólo si contamos con la información, los medios técnicos y el patrimonio genético necesario para reproducir con un alto grado de confianza las condiciones iniciales estaría justificado el intento.

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...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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