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Perspectivas de la terapia génica

La terapia génica es, junto a la utilización de células madre, la técnica médica que más expectativas despierta en la actualidad.

Son muchos los que la califican como la próxima gran revolución de la medicina, después de hitos tales como la anestesia, las vacunas o los antibióticos. El problema es que estos anuncios se vienen haciendo desde hace quince años y aún no se han materializado.

¿Por qué sería tan estupendo que los experimentos actuales culminasen con éxito? ¿Qué es lo que está fallando para que ese resonante triunfo de la ciencia aún no pueda anunciarse a bombo y platillo? La respuesta a estas preguntas tiene que ver con el radical concepto de curación que supone la terapia génica.

Todas nuestras células están controladas por el material genético, que tiene las llaves de la mayoría de los procesos vitales. En la terapia génica, se introduce material genético en las células con el fin, por ejemplo, de compensar la falta de alguna sustancia esencial. Si ese material genético se integra de forma permanente en los cromosomas de las células y se expresa, es decir, produce la sustancia que se requiere, la curación es perfecta. Durará toda la vida, ya que ese material se replicará junto al resto del cromosoma en cada división celular, y no producirá efectos secundarios, ya que la síntesis de la sustancia estará regulada por los propios mecanismos celulares en función de las necesidades de cada momento.

La terapia génica abriría puertas para el tratamiento de muchísimas enfermedades, ya que casi todas tienen algo que ver con los genes: enfermedades hereditarias, deficiencias metabólicas, procesos degenerativos como el Alzheimer o el Parkinson, cáncer, infecciones, etc. Pero las dificultades para su aplicación son muy grandes hasta el momento: o bien el material genético no penetra adecuadamente en las células o bien no se expresa o bien la expresión es sólo temporal porque el material genético no se integra en los cromosomas y por tanto no se replica cuando ocurre una división celular.

La solución a estos problemas estaría en la elección de los adecuados vectores génicos, los vehículos que se usan para introducir los genes en las células. Normalmente se usan virus o partículas inertes que encapsulan el ADN. Los virus son parásitos moleculares que utilizan la maquinaria de las células para conseguir su replicación. Este poder de esclavizar a las células en su beneficio nos puede ser muy útil.

Los virus tienen la capacidad de entrar a las células e integrar en muchos casos sus propios genes en el genoma celular, por lo que en teoría son candidatos idóneos, una vez despojados de los genes que les confieren su poder patogénico. Lo malo es que el sistema inmunitario está preparado para combatirlos y los destruirá o bien generará una respuesta excesiva que puede tener graves consecuencias para el organismo. Otro problema es que los genes pueden integrarse en lugares inadecuados del genoma y no expresarse o incluso provocar la inducción de tumores.

Otros vectores son los liposomas, partículas grasas en cuyo interior se empaquetan los genes. Están libres de algunos riesgos de los virus, como la capacidad de reproducirse descontroladamente en las células, y no son atacados tan intensamente por el sistema inmunitario, pero son poco eficaces para llegar a sus destinos en los organismos vivos y no integran el ADN en los cromosomas. Otros métodos son la inyección directa del ADN en las células o el bombardeo con partículas de oro que lo contienen.

Las posibilidades de las terapias génicas son muy variadas: podrían corregir deficiencias en la síntesis de una proteína, sustituyendo un gen defectuoso; contrarrestar el efecto de una sustancia tóxica, elaborando una sustancia antagonista; introducir genes inductores de suicidio en células cancerosas; podrían marcar estas células para que fueran reconocidas selectivamente por ciertos fármacos; podrían introducir genes de resistencia ante ataques bacterianos o víricos en las células y actuar como las vacunas, etc.

En los últimos quince años se han llevado a cabo centenares de ensayos clínicos de terapia génica frente a múltiples enfermedades y se han cosechado numerosos éxitos parciales, pero un solo caso de curación completa. En el año 2000, cinco niños con una severa forma de inmunodeficiencia fueron sometidos a un ensayo en el que se extrajeron células madre de la médula ósea, a las que se les introdujo el gen que se requería, para ser introducidas de nuevo en sus cuerpos. El gen se replicó con las células madre y se expresó.

Pero éste era un caso muy favorable, ya que las células madre se dividen activamente. Además, la terapia génica tiene un lado oscuro. Los científicos trabajan bajo una enorme presión debido a los intereses económicos y a la repercusión social de sus investigaciones, lo que se ha traducido en que en muchos casos no haya habido transparencia y se hayan ocultado muchos resultados adversos, incluyendo algunas muertes.

La perspectiva actual de todas formas es esperanzadora a medio plazo. Se están ensayando multitud de técnicas, usando las poderosas herramientas que suministra la biología molecular, la bioinformática y los conocimientos acumulados por proyectos como el del Genoma Humano. Más que una terapia génica estándar, se diseñarán sin duda tratamientos personalizados adaptados a las incontables formas de manifestarse las enfermedades en cada individuo. La terapia génica estaría apoyada por fármacos muy específicos y por técnicas de regeneración de tejidos y órganos propiciadas por el uso de células madre.

El concepto estrecho de terapia génica que tenemos hoy se difuminará, porque el avance más importante de las últimas décadas es sin duda el cambio de paradigma en el modo de enfocar las enfermedades: ahora los principales esfuerzos se dirigen hacia el control de las llaves maestras de las células, los genes. Existen muchas formas de influir sobre los genes, una de las cuales es la terapia génica.

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...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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