Todo lo que tuvo que hacer Konrad Lorenz, el famoso estudioso de la conducta animal, para que un ganso recién nacido lo “adoptase” como madre fue lo siguiente:
“Mi primer ganso estaba ya en el mundo, y lo puse debajo de una almohada eléctrica, que hacía las veces del reconfortante vientre de la madre, a fin de que adquiriera las suficientes fuerzas para llevar la cabeza levantada y poder dar algunos pasos. Con la cabeza inclinada, dirigió hacia mí sus ojos grandes y oscuros, mejor dicho, un ojo, porque, como la mayor parte de las aves, cuando el ganso gris quiere mirar fijamente, utiliza uno solo; así permaneció un buen rato; y cuando hice un movimiento y pronuncié una breve palabra, se distendió súbitamente su atención fija y me saludó: con el cuello estirado y la parte dorsal de la cabeza deprimida pronunció rápidamente, en varias sílabas, el sonido que entre los gansos grises sirve para mantener el contacto entre los individuos, y que en los pollitos pequeños suena como un cuchicheo suave y anheloso.”
De nada sirvió que Lorenz introdujera inmediatamente el pollo bajo el vientre de su madre. El polluelo emitió su sonido de contacto, algo así como un “viviviví”, pero no le satisfizo la respuesta de la madre y salió corriendo en busca de su “madre” humana, emitiendo la voz con que expresan la sensación de sentirse abandonados los gansos grises jóvenes (pfüüp, pfüüp). En cuanto encontró a Lorenz, se tranquilizó y lo saludó con el “viviviví”. Éste se marchó y el joven lo siguió desesperadamente emitiendo su “pfüüp”. Lorenz ya no se pudo librar del ganso. Sus obligaciones como madre tampoco eran demasiadas: sólo tenía que permanecer cerca del ave y responder a sus insistentes llamadas de saludo, que también se producían en mitad de la noche.
Este fenómeno, la impronta filial, que manifiestan todas las aves nidífugas (siguen al primer objeto en movimiento que ven en su vida) es un ejemplo extremo de lo que se llama período sensible, que es un intervalo de tiempo más o menos delimitado, que sucede por lo general en una etapa temprana del desarrollo, y durante el cual un determinado aspecto de la conducta se ve influido de forma especialmente notable por determinados factores externos. Durante dicho periodo, el desarrollo se ve acelerado de manera singular, pudiendo por ello ser alterado de forma notable por una estimulación nociva o por la falta de estimulación adecuada. La aplicación de estos factores (como el aislamiento social) en otros momentos más tardíos de la vida no produce efectos tan apreciables en la conducta de los individuos. Estos periodos sensibles están presentes en todos los vertebrados.
Las ratas sufren efectos psicológicos y físicos si reciben una estimulación muy reducida durante la primera infancia. Estas ratas presentan más emocionalidad, apertura más tardía de los ojos, menor aumento de peso y menor funcionamiento de glándulas asociadas a los mecanismos de tensión. Los efectos, en ocasiones a largo plazo, de breves periodos de separación durante la infancia de los macacos rhesus han sido observados por Hinde y colaboradores. Cinco meses después de la experiencia de separación, y aunque su conducta permanecía dentro de los límites normales, los pequeños separados interactuaban con objetos extraños y en una disposición desconocida. Algunas de estas diferencias permanecían aún dos años después de la separación.
Los efectos mucho más graves del aislamiento total fueron puestos de relieve por Harlow y cols. Unos monos rhesus, aislados durante seis meses de una fase temprana de su vida, revelaron grandes y persistentes perturbaciones de la conducta social y sexual durante la fase de adultos. Incluso monos que podían ver, oír y oler a sus congéneres, pero sin establecer contacto físico con ellos porque estaban en jaulas, desarrollaban toda una gama de características taciturnas, retiradas, autodestructivas y en definitiva anormales. Mostraron intensas respuestas de miedo cuando se les retiró del aislamiento. Unos chimpancés criados en un ambiente limitado revelaron una evitación de los objetos nuevos. Perros a los que se impuso una crianza limitada mostraron un incremento de actividad y se revelaron lentos en el aprendizaje del modo de evitar estímulos dolorosos.
Se había pensado que las primeras experiencias de la vida tienen un efecto abrumador sobre lo que sucede más tarde, al margen de las experiencias posteriores. Esta afirmación ha sido suavizada en revisiones posteriores y en la actualidad no existen datos de que los efectos ambientales solos en etapas tempranas puedan tener una influencia decisiva para el resto de la vida. Los periodos sensibles no son innatamente fijados ni absolutos. Por ejemplo, la influencia de la edad en la respuesta a la estimulación infantil de las ratas depende de la intensidad de la estimulación. Sí es cierto que algunos efectos de la privación temprana son extremadamente persistentes y resistentes a influencias posteriores. Los gatos sometidos a una privación visual temprana mostraron escasa recuperación más tarde y los chimpancés lograron una limitada mejoría tras un temprano aislamiento social. La importancia relativa de influencias tempranas y posteriores depende del tipo y la gravedad de las experiencias vitales en cada edad, de la función del desarrollo implicada y de la especie animal. En muchos casos, unas experiencias posteriores adecuadas pueden tener un marcado efecto beneficioso.
Una conducta que se creía irreversible, la impronta sexual en aves, se puede revertir. Se crió a un grupo de gallos domésticos en aislamiento los 47 primeros días de su vida y a otros en compañía. Muchos de los aislados trataron de copular con un guante amarillo (el hombre que les daba de comer se ponía un guante amarillo). Ambos grupos fueron trasladados a gallineros con hembras hasta llegar a la edad de adultos y entonces todos copularon sólo con gallinas. Las palomas criadas por personas escogen a éstas como parejas sexuales, pero esta preferencia se esfuma tras varios años de convivir con otras palomas. Aunque esta reversibilidad no se aplica a todas las especies.
En los casos más dramáticos de macacos rhesus sometidos a aislamiento temprano, se ha mostrado que los efectos no son tan nocivos si se alteran un poco las condiciones y duración del aislamiento. Incluso los monos que sufrían las consecuencias más graves podían mejorar con la ayuda de un mono que presentara unas características conductuales adecuadas y que actuaba como un verdadero psicoterapeuta.

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