Imaginad que pudiéramos experimentar las sensaciones que todos los animales de la Tierra obtienen a través de sus exóticos sentidos.
No sólo tendríamos la agudeza visual de un águila (8 veces superior a la nuestra) o el mareante campo visual de un cangrejo (360º), la sensibilidad olfativa de un macho de la polilla del gusano de seda (que puede detectar la feromona femenina diluida en una proporción de una molécula por cada mil billones en el aire; nosotros necesitamos una proporción de una por cada 30 mil millones), o la capacidad de oír el menor susurro de una lechuza (con una sensibilidad auditiva 10 veces superior a la humana). Además accederíamos a sensaciones indescriptibles: nuevos colores (muchos animales, como abejas, aves e iguanas, perciben luz ultravioleta, de menor longitud de onda que la que podemos detectar nosotros), el amplísimo repertorio de olores de un perro (con 220 millones de células receptoras de olor en su nariz, frente a nuestros 5 millones), y nuevos sonidos, tanto de frecuencias demasiado bajas para nuestro oído (como los mensajes infrasónicos que usan los elefantes para comunicarse a largas distancias), como demasiado altas (como los chillidos ultrasónicos de los murciélagos).
Percibiríamos cosas aún más extrañas, como la luz polarizada (formada por fotones cuyos campos eléctricos están todos alineados en la misma dirección). Las abejas usan la luz polarizada del sol para orientarse y algunos calamares de las profundidades la usan para detectar a sus presas gelatinosas, cuyos cuerpos son virtualmente transparentes en el agua. Recientemente se han encontrado animales con un aparato de visión único: los camarones mantis o galeras. Además de ver más colores que nosotros (sus ojos usan 16 pigmentos frente a los 3 nuestros), ver el infrarrojo y el ultravioleta o poseer visión estereoscópica con un sólo ojo, pueden distinguir la luz polarizada circularmente. En la luz ordinaria los campos eléctrico y magnético oscilan en todas las direcciones del espacio que son perpendiculares a la trayectoria. En la luz polarizada linealmente la oscilación se da en un solo plano, mientras que en la luz polarizada circularmente la oscilación gira helicoidalmente a lo largo de la trayectoria, o bien a derechas, o bien a izquierdas. No se conoce a ningún otro animal capaz de distinguir este tipo de luz. Las galeras pueden asociar una recompensa de comida a la luz polarizada circularmente a izquierdas cuando son condicionadas. Pero, al parecer, en el medio natural este tipo de visión está relacionado más bien con el sexo, ya que los machos reflejan con parte de su cutícula luz polarizada circularmente. Las áreas que reflejan luz de este modo son usadas por los machos frecuentemente para los rituales de apareamiento. Éste sería un canal de comunicación secreto, indetectable para los depredadores.
Las imágenes que tendríamos del mundo si utilizáramos la ecolocalización (como muchos murciélagos y cetáceos, aves cavernícolas e incluso anfibios) podrían parecerse a las de una pantalla de radar, que recibe los ecos de sus sonidos. Los murciélagos, por ejemplo, emiten gritos ultrasónicos barriendo el panorama en todas direcciones. Cuando se van acercando a una presa, aumentan la frecuencia de los sonidos, para obtener una mayor resolución de los detalles.
Las serpientes de cascabel (y otras víboras del mismo grupo) poseen el análogo a nuestras cámaras de visión nocturna por medio de infrarrojos. Presentan unos hoyos en la cabeza cubiertos por células sensibles a este tipo de radiación, que informa sobre la temperatura de los objetos. Así las serpientes pueden localizar a sus presas de sangre caliente, incluso en la oscuridad. En los hoyos puede haber de 500 a 1.500 células receptoras, lo que les permite detectar diferencias de temperatura de 0´2º C a medio metro y de 0´003º C a distancias inferiores. Boas y pitones disponen también de dispositivos similares.
Algunos animales acuáticos son capaces de “tocar” a distancia. Los peces con su línea lateral o los manatíes por medio de unos pelos especiales distribuidos por todo su cuerpo, son capaces de detectar mínimas vibraciones y corrientes en el agua. Las antenas de las cucarachas o los pelos sensoriales de las moscas también les avisan con mucha prontitud de cualquier intento de ataque (si alguien está interesado, puedo describir en los comentarios un método infalible para atrapar una mosca).
El sentido del magnetismo juega un papel esencial en las migraciones animales. Aunque la sensibilidad magnética varía entre las distintas especies, parece que casi todos los animales poseen cierta capacidad de adaptación y de aprendizaje magnéticos. Algunas aves, como los paseriformes, usan la información magnética para escoger unas constelaciones-guía en sus viajes nocturnos. Las aves migratorias no distinguen entre los polos norte y sur magnéticos de la Tierra, pero sí detectan el ángulo de inclinación del campo magnético y a partir de éste deducen la dirección norte. La detección de este ángulo está mediada por diminutos cristales de magnetita, específicamente orientados, presentes normalmente en sus cerebros.
Otro tipo de percepción muy extraño para nosotros es la electrosensibilidad de algunos peces. La electrolocación activa en peces eléctricos de descarga débil es análoga a la ecolocalización por sonidos, pero en este caso, usando pequeñas descargas eléctricas. Este peculiar sistema sensorial está formado por un órgano que produce corrientes eléctricas, un conjunto de receptores distribuidos sobre la piel y ciertas estructuras especializadas del sistema nervioso central. La alteración de los campos y corrientes eléctricas producida por objetos cercanos es detectada por los receptores de la piel y procesada por el sistema nervioso para inferir su forma. Los peces que usan este sistema sensorial viven en ríos y lagunas de América y África donde el agua es muy turbia, impidiendo prácticamente la visión. Esto constituyó una fuerte presión evolutiva, que llevó a desarrollar un sistema sensorial nuevo, que les permitió ocupar ese nicho ecológico. Dos grupos de animales, uno en África (Mormyridae) y otro en América (Gymnotiformes) lo hicieron, siguiendo procesos evolutivos convergentes. Ahora, además, se ha descubierto que estos peces pueden estimar la distancia a un objeto por medio de este mecanismo sensorial.
Los tiburones y algunos peces relacionados con ellos presentan un sentido eléctrico único. Son capaces de detectar campos eléctricos sumamente débiles, emitidos por animales del medio circundante, gracias a cientos o miles de receptores eléctricos distribuidos por su hocico: las ampollas de Lorenzini. Este sentido es tan sensible que hasta un alambre metálico en el mar crea un voltaje perceptible por un tiburón. Esta electrosensibilidad es usada por los tiburones para dirigirse a su presa en la fase final del ataque y para no perderla cuando la vista y el olfato dejan de funcionar adecuadamente en medio de la sangre de la presa. La electrorrecepción del tiburón le permite localizar el potente campo eléctrico generado por la herida, debido a las sales que contiene la sangre.

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