El pajarillo encerrado en la jaula lleva un tiempo inquieto, agitado, no para de aletear y parece haber perdido su alegría. ¿Estará enfermo?
Probablemente padezca el síndrome de inquietud migratoria. Un ave migratoria enjaulada en el exterior durante los periodos de migración (normalmente primavera y otoño), mostrará esta inquietud durante todo el tiempo que suele durar el viaje. Los movimientos de aleteo se orientan en la dirección de la ruta migratoria. Esta inquietud aparece incluso en aves que no han migrado nunca, lo que sugiere que se trata de un fenómeno fundamentalmente innato. Ese impulso ciego y acuciante de conquistar nuevas tierras y climas es tremendamente fuerte. Ahora bien, ¿quién lo gobierna, qué capitán guía la nave en su azaroso viaje hasta su destino?
Los genes determinan en parte la dirección de la migración. La curruca capirotada es un pájaro que presenta poblaciones que migran en diferentes direcciones. Al cruzar dos poblaciones, el resultado fue la migración en una dirección intermedia. Otros animales presentan “genes reloj”, que dotan de un sentido temporal a los individuos, necesario para estimar el momento de partida y para calcular las distancias recorridas.
Los problemas que deben afrontar los animales para migrar son variados. Deben conocer el destino de su viaje y por tanto, la dirección del trayecto; luego deben ajustar y mantener esta dirección. Para poderse orientar (sobre todo cuando migran a través de masas de agua sin puntos de referencia visual), los animales necesitan tanto una brújula como un “mapa” o representación del espacio. Algunos animales navegan a estima, lo que es tremendamente complicado. Este método consiste en estimar la distancia y la dirección con respecto a una meta, obtener medidas de la distancia y la dirección en varios puntos del trayecto, calcular la posición actual en cada punto y realizar los ajustes pertinentes en la dirección a seguir (este método es útil sobre todo cuando no hay puntos de referencia en la superficie). El animal cuenta con un sistema sensorial que indica el grado de giro y permite corregir adecuadamente la dirección. Algunas hormigas parecen calcular la dirección hacia su hormiguero a partir de los ángulos, los giros y el tiempo que han estado desplazándose en cada dirección. Todos estos complicados cómputos los efectúa un animal con un cerebro diminuto.
Los animales usan muchas pistas para orientarse (en cada grupo animal predominan unas u otras). Pueden guiarse por medio de una brújula solar (usada por numerosos insectos y aves). Pero fijar la posición del sol es difícil (a veces la estrella no se distingue con nitidez y ha de inferirse a partir de patrones de intensidad luminosa en el cielo, color o polarización de la luz). Dos variables definen la posición del sol: la altura sobre el horizonte y el azimut o trayectoria del sol proyectada en el horizonte. La brújula solar animal responde sobre todo al azimut (aunque también a la altura). Pero la velocidad del azimut no es uniforme a lo largo del horizonte, ya que varía en función de la hora, la latitud y el momento del año. Para compensar los cambios azimutales, cuentan con un complejo programa temporal endógeno o reloj biológico. Sincronizan su reloj interno con el solar, mediante la información que aportan ciertos ciclos ambientales, como el ciclo-diario de luz y oscuridad y algunos cambios estacionales. Esto supone realizar diariamente muchos cómputos de gran complejidad. El método de navegación de la mariposa monarca, que debe ser tremendamente preciso, pues los individuos parten de un área muy amplia en América del Norte y se concentran en un bosque de oyamel del centro de México de área muy reducida, había sido durante muchos años un misterio. Hoy se sabe que usan una brújula solar que es corregida por el reloj diario del animal. Pueden orientarse incluso en cielos muy nublados gracias a la luz ultravioleta y al ángulo de polarización de la luz.
El campo magnético terrestre varía en intensidad y dirección en los distintos puntos del globo terrestre, lo que significa para los animales contar con una referencia espacial o “mapa del mundo” permanente. Varios grupos animales, como aves, tortugas y ballenas, usan el magnetismo terrestre para orientarse. Muchas veces poseen órganos magnetorreceptores en sus cerebros, constituidos por cadenas lineales de cristales de magnetita (mineral de hierro).
Otro marco de referencia son las estrellas, usadas por aves que vuelan de noche, como los mosquiteros y los pontífices índigo (en este caso, se demostró que cada individuo se fija en una constelación particular, que lógicamente no coincidirá casi nunca con nuestras constelaciones tradicionales, para orientarse). La luna es usada por la pulga de mar para orientarse en las playas por la noche, del mismo modo que se orienta por el sol durante el día.
Otros animales se guían por señales químicas y olfativas. Los salmones recuerdan las propiedades químicas de su río natal, para poder regresar a él para reproducirse. Un gran enigma es cómo consiguen los salmones encontrar el punto desde donde pueden percibir el olor de su área natal. Parece que los salmones son capaces de reconocer el olor de los riachuelos por los que van pasando al remontar el río y tomar decisiones sobre qué intersección tomar hasta llegar a su área natal. Las palomas también integran la información olfativa con la procedente de otras vías para encontrar el camino de regreso a su palomar.
Estas aves son un ejemplo de cómo los animales pueden usan numerosas pistas para orientarse. Las palomas usan preferentemente una brújula solar, pero recurren también al magnetismo terrestre, referencias visuales, el olor, etc. Otros animales usan señales acústicas (el romper de las olas en la playa, por ejemplo), las corrientes oceánicas, etc.
Tal vez una buena táctica para los marineros de las épocas heroicas, que tantos naufragios sufrieron por causa de no poder orientarse bien en el mar, hubiera sido estudiar bien el comportamiento de los animales migradores y llevar a varios de ellos en sus barcos…

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