El sonido percibido en la zona de despegue de un cohete espacial sin protección auditiva es de 180 decibelios y provoca la pérdida irreversible del oÃdo.
El sonido emitido por el sistema de sónar activo de los barcos de guerra de la OTAN alcanza intensidades millones de veces superiores, del orden de 230 decibelios (la escala de decibelios es logarÃtmica, de modo que sumar 10 decibelios equivale a multiplicar por 10 la intensidad). El propósito final de estas técnicas es barrer constantemente todos los océanos de la Tierra con ondas de choque que puedan recorrerlos de una punta a otra, para detectar a los posibles enemigos.
El sonido se propaga 4,5 veces más rápido en el agua que en el aire y se extingue muy lentamente, sobre todo a frecuencias medias y bajas, que son las que usan los sónares militares y las que perciben preferentemente los cetáceos. Hasta a cien kilómetros de una emisión de sónar activo, el ruido puede ser enloquecedor para estos animales.
Sospechosamente, tras muchas de las pruebas del sistema de sónar activo, se han producido varamientos de cetáceos. La coincidencia en el espacio y el tiempo de estos fenómenos es muy estrecha y se ha repetido en los últimos años en bastantes lugares del mundo. Uno de los sucesos más graves fue el de Canarias en septiembre de 2002, durante las maniobras Neotapón de la OTAN, cuando vararon en las playas catorce individuos. Las autopsias realizadas a los animales han mostrado lesiones devastadoras en muchos de sus órganos: hemorragias severas y difusas en los oÃdos, en los pulmones, riñones y cerebro.
No se sabe muy bien cuál ha sido el mecanismo de estas muertes. La fisiologÃa y el comportamiento de los cetáceos son aún bastante desconocidos. Los sÃntomas son compatibles con los de un sÃndrome de descompresión, similar al que se produce en los buceadores cuando ascienden demasiado rápido. En estos casos, el gas nitrógeno disuelto en el aire acaba formando burbujas que pueden pasar a los vasos sanguÃneos y obstruirlos. Quizá el sonido ensordecedor asustó a los animales y trataron de subir demasiado rápido, o quizá la onda de sonido estimuló mecánicamente el crecimiento de las burbujas, aunque es bastante probable que estos dos efectos se combinaran. Los animales pudieron morir en el mar o llegar, aturdidos y desorientados a las playas, donde vararon, lo que les provocó lesiones vasculares graves y un colapso cardiorrespiratorio. En cualquier caso, ha quedado demostrado que el taponamiento de los vasos sanguÃneos por las burbujas de gas ha jugado un papel determinante en sus muertes.
CabrÃa esperar que las especies más afectadas por estas maniobras fueran las que realizaran inmersiones profundas y de larga duración, y usaran en su comunicación las mismas frecuencias que los sónares. Los zifios, unos cetáceos de tamaño medio con dientes y un “pico” distintivo que se extiende desde el cráneo, que viven en mar abierto, cumplen con estos requisitos y efectivamente han sido las especies más afectadas (aunque se han registrado incidentes con otras muchas especies). El hecho de que apenas se hayan registrado varamientos de zifios antes del uso de estos sónares es una prueba más de su relación causa-efecto.
Debido a sus hábitos, el área de distribución y la densidad de las poblaciones de los zifios se conocen muy poco. Por ello, las garantÃas aportadas por los ministerios de defensa de realizar futuras maniobras en lugares donde no estén presentes estos animales tienen poco valor. Las distintas soluciones técnicas propuestas para modificar la naturaleza de las emisiones tampoco tienen mucho sentido, porque no se conocen bien los mecanismos sensoriales ni la fisiologÃa de estos animales, ni cómo afectan los sonidos a su comportamiento.
Las actividades humanas ya habÃan inundado el mar de contaminación acústica, con efectos aún no evaluados sobre las pautas de migración y reproducción de los cetáceos y otros animales, pero el panorama que plantea la introducción de los sistemas de sónares activos de última generación a escala planetaria es desolador. Muchas áreas de cientos de kilómetros cuadrados, recorridas por ondas de un sonido atronador que hace reverberar la médula de los huesos, van a ser literalmente inhabitables para muchos seres (incluyendo el hombre, pues también se han dado casos de submarinistas afectados por esta técnica). Un animal que se encuentre en las cercanÃas de una emisión sentirÃa como si miles de cohetes estuvieran despegando a su lado.
La prepotencia y el secretismo de las instituciones militares son de sobra conocidos. Si consideran que su sistema de sónar es una prioridad, lo van a desarrollar de todas formas. De hecho, ya están operativas decenas de unidades por todo el planeta. El verdadero impacto que han provocado nos es desconocido, ya que, al vivir las especies más afectadas lejos de las costas, la mayorÃa de los animales habrán muerto en alta mar y no habrán llegado a varar en las playas.
La opinión pública debe enfrentarse pese a todo firmemente a estas prácticas para conseguir al menos que se desarrollen con las máximas restricciones y en condiciones en las que el impacto sobre las poblaciones de cetáceos sea el menor posible. Al menos deben evitarse las zonas en que se sabe que existen importantes concentraciones de cetáceos, como Canarias, y también las zonas que usan en sus migraciones, como el estrecho de Gibraltar. Sólo en las áreas conocidas como “desiertos marinos”, extensas regiones en las que la densidad de nutrientes hace suponer que las poblaciones de grandes animales son reducidas, se podrÃan tal vez tolerar estas maniobras.

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