
Mírate al espejo y pon un gesto de asco o de repugnancia. Luego pon uno de miedo. Sí, obviamente en ambas situaciones tu rostro cambia significativamente. Pero ponle atención a las partes de tu rostro que cambian y cómo lo hacen, verás que todo tiene un porqué.
Así, puedes ver que en tu rostro de asco las fosas nasales se contraen, tu boca se cierra o por lo menos disminuye su tamaño, y tus ojos reducen el campo visual. Por el contrario, en un gesto de temor tus ojos se abren mucho para poder captar un mayor campo visual y tus fosas se abren para poder respirar más aire.
De esta manera, los gestos no son un simple conjunto de códigos para la comunicación social, sino que son una herramienta de nuestro organismo para responder adecuadamente ante estímulos que recibimos desde el exterior.
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