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La mujer: El organismo más extraordinario del planeta

Al menos, así es como la define el famoso zoólogo y antropólogo Desmond Morris, en su reciente y recomendable libro “La mujer desnuda”.

En él realiza un recorrido minucioso por el cuerpo femenino, intentando hallar el origen evolutivo de cada una de las muchas características que lo diferencian del cuerpo del hombre. También se analizan las innumerables modificaciones que las mujeres han hecho (o que les han impuesto los hombres) en las diferentes partes de su cuerpo. Este libro trata de dar respuestas a cuestiones aparentemente insignificantes, como por qué las mujeres tienen las cejas más finas que los hombres o la nariz proporcionalmente más pequeña. Por supuesto, también trata de explicar características más espectaculares, como las prominentes nalgas femeninas, la estrechez de la cintura o los pechos desarrollados fuera de la época de la lactancia.

Morris basa su afirmación en el hecho de que el ser humano es el organismo más complejo del planeta, y la mujer exhibe mayor complejidad que el hombre. Aparte de que debe desempeñar el grueso de las tareas reproductivas (embarazo, parto y lactancia), la evolución de la especie ha dado un paso más en ella que en el varón. El ser humano en general se distingue de los simios con los que está más estrechamente emparentado en que es mucho más infantil en estado adulto que ellos. Multitud de rasgos, como nuestra distribución corporal de pelo, la forma de nuestros labios o nuestra insaciable curiosidad, los presentan también los primates superiores en sus etapas embrionarias o infantiles, pero los pierden en la edad adulta.

Los hombres retienen más características “infantiles” en su comportamiento que las mujeres, como un mayor gusto por experimentar y asumir riesgos, aunque sus cuerpos se hacen más “adultos” que los de ellas (es decir, más parecidos a los de los simios). Las hembras humanas, en cambio, son más sensatas y prudentes que los hombres, pero su cuerpo recuerda en muchos aspectos al de un bebé (por ejemplo, en la suavidad de la piel, la redondez de los rasgos, la laringe que emite una voz aguda o la presencia mucho menor de pelo corporal). La mujer ha llevado más lejos que el hombre la creciente “infantilización” de nuestros cuerpos y por tanto, estaría más “evolucionada”.

Desmond Morris sostiene que las primeras sociedades humanas fueron sexualmente equitativas, porque hombre y mujer se complementaban muy bien en las tareas y se necesitaban mutuamente. El hombre se fue especializando cada vez más en una única tarea, cazar, lo que primaba el desarrollo de cualidades atléticas. Las mujeres se “especializaron” en no especializarse, y desarrollaron una gran variedad de tareas en los poblados (por ello son más versátiles y capaces de hacer más cosas al mismo tiempo que los hombres). Sólo más tarde el hombre aprovecharía su mayor poderío físico para sojuzgar a las mujeres de modo casi universal.

Las mujeres conservarían cada vez más características infantiles para atraer a los hombres (es evidente que los rasgos de los bebés son irresistibles para los adultos de cualquier especie), al tiempo que desarrollaban poderosos estímulos visuales permanentes (senos prominentes, nalgas rotundas, labios más carnosos, etc…), que sugerirían disponibilidad para el apareamiento en cualquier momento. Todo esto facilitaría la formación de parejas estables, necesarias para el cuidado de los hijos y la eficiencia en la obtención de alimento, y protegería a las hembras de la agresión masculina. Sin embargo, aún persisten algunos interrogantes en esta versión de los hechos: en muchas especies de animales (pensemos en las aves), el macho es mucho más bello y llamativo. Se supone que los hombres tendrían que intentar también ser cada vez más atractivos para las hembras (de hecho, ellas aprendieron a valorar otras características corporales, como los brazos musculosos).

Un ejemplo claro de cómo presiones de selección contrapuestas actúan muchas veces sobre el desarrollo de los órganos, que acaban por adquirir “soluciones de compromiso”, podría ser la evolución de los pechos femeninos. En la mujer desempeñan dos funciones: maternal, como productores de leche, y sexual, como potentes estímulos visuales y táctiles para el varón. Morris sostiene que, para ejercer ese poder sobre los hombres, los pechos femeninos han tenido que perder parte de su eficacia como órganos maternales.

Las hembras de los simios presentan un pecho plano todo el tiempo, excepto en la época de lactancia, en que se engruesa un poco por la afluencia de leche (sin llegar ni de lejos a la hinchazón de los pechos de la mujer). La cría chupa sin dificultad de un largo pezón, que suelta la leche al ser estrujado por su boca. En cambio, los bebés humanos sufren apuros para extraer la leche del relativamente corto pezón y necesitan apoyar la cara en la areola para conseguirla, con el consiguiente riesgo de asfixia.

El pecho de la mujer está fundamentalmente formado por tejido graso, más que por tejido productor de leche, y permanece engrosado fuera de la época de lactancia. La forma hemisférica de los pechos es incómoda para dar de mamar, de modo que las madres con pechos pequeños pueden amamantar mejor que las de pechos grandes (ambas pueden tener la misma cantidad de tejido secretor de leche).

Todos estos datos sugieren que la forma del pecho femenino evolucionó en respuesta a presiones sexuales, más que maternales. Las hembras de primates muestran su disponibilidad para el apareamiento con hinchazón y enrojecimiento de sus genitales, que son claramente visibles desde atrás. La hembra humana ha sustituido esto en parte por la carnosidad de sus nalgas. Pero al convertirnos en una especie bípeda, gran parte del tiempo nos mostraríamos unos a otros frente a frente, y las hembras necesitaron un poderoso estímulo visual delantero que atrajera la atención del macho.

El libro sugiere también que este gran desarrollo de los senos pudo haber ocurrido sobre todo en una época reciente. Parece que unas caderas anchas y unas nalgas muy abultadas fueron los estímulos primarios, en consonancia con el hecho de que nuestros antepasados, como la mayoría de primates, practicarían la cópula desde atrás. Puede que los glúteos se desarrollaran tanto que dificultaran este modo de apareamiento y se optara por la cópula cara a cara. En ese momento, los pechos adquirirían mayor protagonismo. Esta hipótesis se basa en indicios como que las mujeres hotentotes, que han estado desde antiguo bastante aisladas del resto de la humanidad, presentan unas nalgas muy desarrolladas, y también en las abundantes estatuillas primitivas de figuras femeninas que los arqueólogos llaman “esteatopigias”, que en griego significa “de grandes culos”.

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...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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