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La mente simbólica: ¿Cómo surgió?

Nadie sabe cuándo un animal tuvo conciencia por primera vez de sí mismo, de que estaba percibiendo el mundo, de que el universo era algo distinto de él.

Nadie sabe cuándo un animal pudo imaginar el futuro, cuándo supo que iba a morir. Nadie sabe cuándo un animal pudo imaginar que sus congéneres podían percibir y sentir lo mismo que él y cuándo empezó a sentir la necesidad de compartir sus experiencias con los demás. Nadie sabe tampoco si el primer animal que sintió estas cosas fue el hombre.

Se sabe que los chimpancés incitan a veces a sus compañeros a percibir lo mismo que ellos están percibiendo y que parecen sentir satisfacción al compartir las experiencias. A veces, las madres transportan durante días a sus crías muertas, aunque no se sabe si sienten dolor. Poseen la capacidad de reconocerse a sí mismos en el espejo y pueden ser adiestrados para dominar cientos de símbolos gestuales, construir frases elementales y expresar ciertas categorías abstractas. A veces engañan, lo que supone conocer cómo perciben los otros la realidad.

Entre las habilidades cognitivas que se suponen propias del hombre moderno, una de las más características y misteriosas es la adquisición de un poder simbólico de representación, que se manifiesta en el lenguaje, el arte y la creación de un universo mental regido por reglas propias, distintas de las del mundo físico. Recientes estudios con niños pequeños muestran que no es una capacidad completamente innata, sino que necesita un periodo de aprendizaje, durante el cual los niños a veces confunden los símbolos y los objetos que representan.

El simbolismo es una habilidad difícil de definir, que supone en cierta medida una evasión de la utilidad práctica, de las barreras de la inmediatez: sería una proyección en el tiempo y en el espacio. En principio parece un lujo, un capricho que por primera vez pueden permitirse los animales tras millones de años de incansable lucha por la vida, aunque muchos autores sostienen que el pensamiento simbólico constituyó una ventaja adaptativa, sobre todo en épocas de sobrepoblación o escasez de recursos, en que podría haber servido para establecer jerarquías sociales, facilitar los intercambios entre grupos distintos o potenciar otras tareas cognitivas, como la previsión del futuro. También podría haber servido para estrechar los lazos sociales, por medio de la creación de un universo mental que todos comparten.

Detectar las huellas de estas nuevas capacidades de la mente entre las cenizas y los restos de piedra de un yacimiento arqueológico es una tarea muy difícil. Con todo, los yacimientos posteriores a los 40.000 años de antigüedad parecen mostrar a unos seres humanos con una mente muy similar a la nuestra: aparecen de pronto multitud de adornos corporales, rituales funerarios, obras de arte, artilugios de manufactura delicada, instrumentos musicales y toda clase de herramientas y de armas. Todo parecía sugerir que esta explosión de creatividad era bastante brusca y que se había producido sólo en nuestra propia especie, el hombre moderno, que había surgido en África hace entre 160.000 años y 195.000 años. El hombre de Neandertal no habría llegado jamás a desarrollar estas capacidades, que fueron precisamente las que permitieron al hombre moderno desplazar o exterminar a sus competidores.

Pero en los últimos años se están descubriendo multitud de restos que cuestionan este carácter repentino de la aparición de las capacidades simbólicas. Cada vez se están situando más atrás en el tiempo las primeras pruebas de la existencia de valores estéticos o de símbolos de jerarquía. Incluso ya se está aceptando que el simbolismo no apareció sólo en el Homo sapiens: también los neandertales lo desarrollaron en alguna medida, y muy probablemente también los antepasados tanto de neandertales como de los hombres modernos.

Uno de los hallazgos más espectaculares ha sido el de la cueva de Blombos, en Sudáfrica. Allí, en niveles de hace unos 75.000 años, se han encontrado huesos con extrañas incisiones, plaquetas de colorante ocre posiblemente grabadas y conchas de caracoles agujereadas todas por el mismo lugar, lo que sugiere que fueron cuentas de un collar. La finalidad de estos objetos podría no ser otra que el adorno corporal, aunque también podrían servir como moneda para intercambios, como un método rudimentario de recuento o para denotar la posición que se ostentaba en el status social.

Otros muchos restos de muy distintos lugares sugieren una gran antigüedad de las primeras y balbuceantes muestras de la capacidad simbólica de los humanos: una posible figurilla de hace 233000 años de edad, un fragmento de sílex con tres arcos concéntricos de hace 60000 años, fragmentos de hueso con muescas de hace unos 100.000 años, un fragmento pulido de hueso de mamut de entre 50000 y 100000 años, fragmentos de cáscara de huevo de avestruz grabados o agujereados como cuentas de entre 60000 y 70000 años, etc.

En un yacimiento de unos 285.000 años de antigüedad se han encontrado grandes cantidades de ocre rojo (un mineral de óxido de hierro) y morteros para procesarlo. Muchos arqueólogos piensan que pudo servir para decorar el cuerpo con pinturas, aunque otros opinan que pudo servir para enmangar en madera las herramientas de piedra o para eliminar los microbios de las pieles de animales. En la cueva de Qafzeh (Israel) se ha encontrado un fragmento de ocre rojo calentado y raspado, posiblemente usado en un ritual funerario hace unos 92000 años.

Todos estos hallazgos parecen sugerir que la evolución de la mente simbólica fue gradual y acumulativa. Durante miles de años fueron desarrollándose las estructuras cerebrales y los programas cognitivos necesarios para que estas habilidades pudieran eclosionar. Quizá hubo que esperar un tiempo a que estas capacidades latentes se plasmaran plenamente y la gran explosión de creatividad de hace 40000 años parece sugerir que algún factor actuó como liberador. Algunos autores relacionan este evento con la aparición de nuevos genes que potenciaron la actividad cerebral; otros, con periodos de sobrepoblación que estimularon las interacciones sociales y el intercambio de experiencias.

Hoy se discute sobre la utilidad del arte, pero fue en aquellos tiempos cuándo esa pregunta debió surgir, aunque fuera inconscientemente, en nuestros antepasados. Por primera vez un animal hacía algo que no tenía una relación directa con la lucha por la supervivencia. Nadie sabe qué ventajas o qué respuestas o qué consuelo encontraron los hombres primitivos cuando empezaron a colocarse colgantes o a realizar ceremonias funerarias. Tampoco sabe nadie qué ventaja evolutiva supuso la aparición de la consciencia, pero el caso es que la poseemos, y no deja de asombrarnos.

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...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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