¿Quiénes son más inteligentes, las aves o los mamíferos? Dejando de lado el caso humano, la respuesta a esta pregunta no está clara.
Los córvidos son extremadamente inteligentes. Algunos cuervos de Nueva Caledonia fabrican utensilios a partir de ramitas, que usan para sacar a los insectos de las grietas. Pueden darles formas distintas adecuadas a cada caso concreto. También pueden doblar alambres para fabricar ganchos. Muchos otros córvidos rompen mejillones o tortugas lanzándolos desde gran altura sobre terreno rocoso. Algunos han aprendido que si lanzan estos objetos sobre las carreteras, los coches abren los caparazones.
Un ejemplo espectacular de resolución de problemas lo ofreció una corneja a la que le gustaba la comida húmeda. Una vez se le ocurrió usar una taza de plástico que le habían dado como juguete para ponerla debajo de un chorro de agua y llevarla hasta la comida, donde la vació. Los cuervos son capaces de apilar galletas para poder llevárselas todas y de contar al menos hasta siete. ¿Significan estas conductas que los córvidos usan el razonamiento? Las investigaciones recientes de Heinrich y Bugnyar parecen confirmarlo. Ofrecieron a cuervos maduros comida colgada de un cordel. En lugar de hacer pruebas, los cuervos se quedaron unos minutos aparentemente pensativos y encontraron a la primera la solución: izar la cuerda, sujetar el trozo izado de una vez con las patas, tirar de la cuerda de nuevo y volver a sujetar hasta que alcanzaron la comida.
Un reflejo (y también una causa) de la gran inteligencia de los córvidos es su compleja organización social. Han desarrollado una gran variedad de interacciones sociales, que incluyen señales de alarma ante depredadores, unión para hacerles frente, caza cooperativa y ayuda a la pareja en el cuidado de los pollos por parte de otros individuos. Otra conducta muy extendida entre los córvidos es la de esconder comida. Tienen que evitar que sea encontrada por otros y a veces preparan escondites falsos para despistar. Pero lo más impresionante es que los cuervos reconocen a los individuos que han observado dónde escondían los trozos de comida, y con ellos se muestran mucho más recelosos y precavidos. Los cuervos tienen la capacidad de evaluar el grado de conocimiento de otros, lo que significa “penetrar” de algún modo en sus mentes.
Los córvidos son muy juguetones. Se tiran unos a otros de las colas, se pasan objetos con el pico e incluso se burlan: uno de ellos aparenta que va a entregar un objeto y cuando el otro va a recogerlo, el primero lo retira rápidamente. Gerald Durrell cuenta que tenía unas urracas que imitaban el reclamo de la criada para llamar a las gallinas a comer, y que disfrutaban emitiéndolo cuando las gallinas dormían, aparentemente sólo por el alborozo que les producía engañarlas.
Los loros superan con creces todos estos logros. Como los córvidos, son muy sociables y además muy longevos, por lo que disponen de mucho tiempo para el aprendizaje. Irene M. Pepperberg entrenó durante casi 30 años a Alex, un loro gris africano. Se le premiaba con el objeto que nombraba. Así se reforzaba la asociación de la palabra con el objeto. Para que aprendiera el nombre de objetos no atractivos para él, tenía que aprender correctamente el nombre de un objeto y luego pronunciar lo que quería, tras lo que era premiado. El método usado por Pepperberg fue el del “modelo/rival”: frente al loro se sitúan dos personas, un entrenador y un “loro rival”. El entrenador hace una pregunta, y cuando la otra persona contesta vocalizando correctamente una palabra, recibe a cambio un premio apetecido por el loro. A fuerza de observación, el loro acaba sabiendo que debe hacer lo mismo que el humano que hace de “loro rival”.
Pepperberg dispuso que no fueran siempre las mismas personas las que hacían de entrenador y de rival. Así el loro podría responder ante cualquier persona. Si no fuera así, el loro no comprendería que el lenguaje verbal es un medio de comunicación de doble vía. Adquirió tanta destreza que se convirtió en maestro ocasional de otros loros y les reprimía cuando se equivocaban. Alex llegó a manejar 150 palabras, identificó y aprendió el nombre correcto de 50 objetos y construía frases sencillas como ‘tú cosquillas a mí’, ‘adiós, te veré mañana’, o ‘ven aquí’. Decía ‘lo siento’ si se equivocaba y pedía ‘quiero volver’ (a la jaula) cuando estaba cansado. Al mostrársele una etiqueta más grande que el estándar utilizado en el laboratorio, dijo: ‘Acá está tu papel… ¡Un pedazo de papel taaaan grande…!’. Todo esto lo consiguió porque siempre se le hablaba de un objeto concreto con frases completas, subrayando con la entonación la palabra, pero permitiendo que se presentara como una vocalización integrada con otras, con las que puede combinarse de diferentes formas. Alex era capaz de hacer un uso correcto de expresiones como ‘sí’, ‘no’, ‘quiero…’ o ‘no quiero…’ y conectarlas, sin haberlo aprendido de modo específico, con cualquiera de las palabras conocidas para solicitar alimentos concretos, expresar deseos o responder según sus necesidades.
Aprendió a contar desde cero hasta siete, incluso en grupos de objetos nunca antes presentados o colocados al azar, y hacía sumas e incluso restas fáciles. Tenía comprensión de algunas categorías abstractas, como color (identificaba 7 colores), número, forma (conocía cinco formas) y material de los objetos usados en los experimentos, así como semejanza, igualdad y ausencia-presencia. Era capaz de distinguir entre preguntas que se refieren al color de un objeto y preguntas que se refieren a la forma, etc., y contestarlas adecuadamente. Por ejemplo, si le presentaban un conjunto de objetos diferentes dispuestos en una bandeja, respondía correctamente a preguntas como “¿cuántas llaves azules hay”? Esto sólo lo han logrado algunos chimpancés en experimentos similares. Alex combinaba los nombres de los objetos y sus atributos para describir, identificar, solicitar, rehusar, categorizar y cuantificar más de 100 tipos de objetos diferentes, algunos no incluidos en su aprendizaje habitual. En sus últimos años, Alex estuvo embarcado en un proyecto muy ambicioso: aprender a leer. Estuvo asociando letras a colores y sonidos vocales. Era capaz de combinar varias letras interpretando el fonema adecuado que forma cada combinación, y llegó a reconocer algunas series de fonemas como palabras anteriormente aprendidas por él, con su significado correcto. Según la doctora Pepperberg, cuando Alex murió, en septiembre de 2007, tenía la inteligencia de un niño de cinco años.
Alex sólo ha marcado el camino. Otros loros han superado muchas de sus habilidades. N´kisi es otro loro africano gris, que usa 950 palabras y las organiza en frases complejas, aparentemente creadas espontáneamente. Se le muestra un dibujo de un hombre hablando por teléfono e inquiere: “¿Qué haces con ese teléfono?”. Vio muchas veces la foto de Jane Goodall, trabajando con sus chimpancés. Cuando la conoció personalmente, le preguntó “¿Tienes un chimpancé?”. El sentido del humor es un signo de inteligencia elevada. N´kisi parece poseerlo: tras observar a un loro colgado cabeza abajo, dijo: “Tienes que filmar a ese pájaro”.

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La capacidad de reconocerse en los espejos se creía hasta hace poco exclusiva de los mamíferos más inteligentes: humanos, simios antropomorfos, delfines y elefantes. Pero ahora se ha comprobado que las urracas también muestran señales de reconocerse en el espejo y han superado la prueba de las marcas: se colocaron etiquetas en distintas partes de sus cuerpos y los animales tocaban el espejo en los sitios donde estaban reflejadas las marcas. Si veían otras aves reflejadas en el espejo, no se interesaban. Esto indica un cierto nivel de autoconciencia. Según dicen los investigadores alemanes que han realizado el estudio, los pájaros que cantan y los que imitan voces, tienen el cerebro mucho más desarrollado que las demás aves.
Quería corregir un error en mi anterior comentario. Las urracas se rascaban con las patas las etiquetas en su propio cuerpo, lo que sí es un signo claro de autorreconocimiento. Los investigadores marcaron con diferentes colores zonas del cuerpo del animal que sólo podía ver si se reflejaba en el espejo, como la garganta. Los animales se rascaron mucho más en estas zonas que en otras de su cuerpo. Los investigadores resaltan lo sorprendente que es que animales que se separaron de un ancestro común hace 300 millones de años (mamíferos y aves) hayan conseguido unas habilidades cognitivas tan similares.