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La familia del hombre: Galería evolutiva

La familia del hombre: Galería evolutiva

La paleontología humana se está pareciendo últimamente a uno de esos “reality shows” en los que a la gente le presentan hermanos o padres que no tenía ni idea de que existieran.

Los paleontólogos no saben tampoco qué cara poner conforme van conociendo que nuestra familia crece sin cesar y está formada por una abigarrada colección de criaturas inclasificables y estrambóticas.

Si participáramos en una hipotética celebración y nos viéramos las caras con todos nuestros parientes, seguramente adoptaríamos una expresión de familiaridad forzada, ya que tendríamos alrededor bestezuelas huidizas y tímidas, simios ruidosos y exhibicionistas, toscos caníbales, hombres rechonchos y rudos de expresión taciturna e incluso gnomos vivaces y belicosos. Pero en todos ellos reconoceríamos una parte de nosotros mismos.

Los paleontólogos tenían antes la teoría de que nuestra evolución fue lineal. A partir de un antepasado simiesco se originó un bípedo que originó un homínido de cerebro grande que acabó originando al hombre moderno. Pero este paradigma se ha abandonado. Hoy se sabe que nuestro árbol evolutivo está extraordinariamente ramificado y que surgieron numerosas especies de homínidos que coexistieron durante un cierto tiempo, llevaron a cabo complicadas migraciones, se adaptaron a diversos nichos, desarrollaron diversas culturas, compitieron y quizá lucharon entre sí, se hibridaron seguramente algunas veces y, en la mayoría de los casos, se extinguieron sin apenas dejar rastro.

Los ardipitecos y los australopitecos son los miembros más antiguos de nuestra familia. Fueron ellos los que dieron en África los primeros pasos titubeantes sobre dos piernas y abandonaron los bosques, hace unos 4 millones de años. Eran pequeños, presentaban muchos rasgos simiescos y su cerebro era reducido. Sus mandíbulas y sus dientes eran grandes y seguramente comían muchos alimentos vegetales. Su inteligencia no sería mucha, pero ellos o sus descendientes directos ya fueron capaces de producir toscos útiles de piedra hace 2,5 millones de años. Por esa fecha, una rama de su linaje originó unos seres más robustos, los Paranthropus, que no tuvieron continuidad evolutiva.

Otra rama engendró a la primera especie conocida de nuestro género, Homo rudolfensis, hace unos 2,5-2 millones de años. Este género también se diversificó bastante desde sus inicios. Homo ergaster, de hace unos 1,8 millones de años, ya tenía proporciones similares a las modernas y desarrolló una industria de útiles de piedra mucho más perfeccionada. Fue también él, o una especie emparentada, la que por primera vez salió del continente africano. Compartió el mismo hábitat y época con al menos otras tres especies de homínidos, aunque no sabemos prácticamente nada de las interacciones que pudieron desarrollar.

Distintas especies del género Homo colonizaron Asia y Europa, mientras aumentaban el tamaño de sus cerebros, dominaban el fuego, desarrollaban complejas tácticas de caza, estrechaban sus lazos sociales, conseguían técnicas elaboradas de fabricación de útiles de piedra, como la “preparación de los núcleos”, e inventaban el lenguaje. Homo erectus se extendió principalmente por Asia y, según las últimas interpretaciones, acabó llegando a España y dando lugar al Homo antecessor de Atapuerca, que no estaría en la línea directa que condujo a nosotros.

El hombre moderno, Homo sapiens, se originó en África hace unos 200.000 años y colonizó el resto del mundo, adonde llevó sus refinados útiles de piedra, de cuerno y de hueso y su rica cultura simbólica, que se plasmó en adornos corporales, figurillas y pinturas rupestres.

En Europa se encontró con otros hombres que nos son familiares y extraños a la vez, los neandertales, más toscos y probablemente menos imaginativos que los actuales, pero que sobrevivieron durante 200.000 años a glaciaciones durísimas, cazaron presas poderosas y desarrollaron una cultura material apreciable. Hace unos 28.000 años se extinguieron y no se sabe cuál fue su destino: si fueron exterminados agresivamente por los más desarrollados hombres modernos, si intercambiaron conocimientos con ellos, si se hibridaron y se fundieron en una única especie o si fueron desplazados poco a poco en una lenta y despiadada competencia.

La última incorporación a la familia humana ha sido una absoluta sorpresa: Homo floresiensis, un diminuto ser de apenas un metro de altura y cerebro muy pequeño (tanto como el menor de los australopitecos), que vivió en la isla de Flores, en Indonesia, hasta hace al menos 13.000 años. A pesar de que su esqueleto presenta varios rasgos primitivos, la cara plana y la mandíbula y la dentición pequeñas muestran su pertenencia a nuestro género. Además, un modelo tridimensional virtual de su cráneo y su cerebro ha mostrado que seguramente poseyó una capacidad cognitiva bastante elevada, suficiente para realizar los relativamente refinados útiles de piedra que se han encontrado a su alrededor, para dominar el fuego y para cazar coordinadamente presas tan grandes como el Stegodon, un elefante enano que habitaba la isla por la misma época.

La coexistencia con este elefante sugiere que nuestro pariente hobbit procede de una especie de mayor tamaño (muy probablemente Homo erectus, con quien posee semejanzas estructurales) que colonizó el Sudeste asiático hace varios centenares de miles de años y evolucionó de manera aislada en la isla hacia el enanismo. Las especies grandes suelen reducir su tamaño en ambientes insulares, donde el espacio y los recursos están limitados. Con ello se consigue que las poblaciones puedan ser mayores y no sean tan vulnerables a desastres naturales (quizá una erupción volcánica ocurrida en la isla hace 12.000 años acabó con ellos) o a enfermedades.

Homo floresiensis ha puesto patas arriba las teorías que postulaban que para desarrollar capacidades mentales superiores hacía falta tener cerebros grandes. Tampoco se pensaba que los homínidos hubieran navegado grandes distancias hace tanto tiempo (hay quienes opinan que llegaron a la isla en balsas naturales, como grandes árboles arrastrados por riadas). Pero la mayor sorpresa sería sin duda encontrar algunos individuos vivos: sería muy difícil, pero la isla está cubierta por densas e inexploradas selvas y en las tradiciones locales se habla de la ebu gogo, la “abuela que todo lo come”, una criatura diminuta de andar bípedo y habla susurrante.

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...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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