¿Quiénes están sosteniendo la vida en la Tierra? Los diferentes ecosistemas realizan aportaciones muy dispares a la producción anual y a la biomasa total.
Algunos ecosistemas podrían compararse a los países industrializados y otros a los países pobres en cuanto a su eficiencia para aprovechar la energía del sol y generar materia orgánica (aunque esta distinción no supone discriminación, ya que todos tienen un papel insustituible en procesos vitales, como la regulación del clima o la circulación de los nutrientes).
El primer dato sorprendente es que, a pesar de que tres cuartas partes de nuestro planeta están ocupadas por los mares, estos contribuyen bastante poco a la economía de la vida. Mientras que todos los continentes producen unos 115.000 millones de toneladas de materia vegetal al año (lo que se conoce como producción primaria), los mares sólo producen 55.000 millones. Los datos de biomasa total existente en un momento dado son mucho más contundentes: mientras que los continentes presentan 1,83 billones de toneladas de vegetales, el total de los océanos sólo aporta 0,004 billones de toneladas (esto se debe a que en los continentes gran parte de la materia orgánica está presente en formas no fotosintéticas, como la madera, mientras que en los mares las diminutas algas del plancton están constantemente renovándose).
Estas diferencias abismales se deben a que en los océanos aparecen varios factores limitantes de la fotosíntesis. La luz se extingue mucho más rápidamente en el agua que en el aire, de forma que a sólo 20 metros de profundidad en agua limpia, la intensidad luminosa puede ser de sólo un 5% de la que incide en la superficie. En los lugares más productivos del mar la capa de fitoplancton es tan densa que absorbe toda la energía solar a menos de 5 metros de profundidad.
La disponibilidad de nutrientes es otro factor limitante en los océanos: los organismos pasan hambre de elementos como el nitrógeno, el fósforo o el hierro (aunque son abundantes en los fondos, escasean en las capas superficiales donde se realiza la fotosíntesis). Los transparentes mares tropicales, en contra de lo que cabría esperar de sus óptimas condiciones de luz y temperatura, son bastante improductivos. El Sol calienta durante todo el año la superficie y el agua fría se queda siempre abajo, ya que es más densa. De esta forma no se establecen movimientos verticales de agua que puedan aportar nutrientes del fondo a la superficie. La marcada estacionalidad de los mares templados y polares permite estos movimientos y hace que sean mucho más productivos.
El océano abierto es prácticamente un desierto, y sólo contribuye reseñablemente a la producción primaria neta por su enorme extensión. En contraste, los ecosistemas más productivos del planeta son los lechos vegetales de aguas poco profundas y los arrecifes, pero el área que ocupan es muy pequeña. Les siguen en rendimiento los estuarios y las zonas de afloramiento, donde se recibe un aporte de nutrientes de los continentes o donde las corrientes remueven los sedimentos.
La vida en la Tierra está sostenida principalmente por las selvas tropicales lluviosas, donde hay mucha disponibilidad de agua, luz y nutrientes minerales. También aportan la mayor parte de la biodiversidad (la magnitud de la producción primaria es uno de los factores que está relacionado directamente con ella). Las selvas aportan casi un tercio de la producción primaria anual de los continentes y más de un tercio de la biomasa mundial.
Siguen por orden de productividad (producción primaria por unidad de área) los bosques tropicales estacionales, los bosques templados siempre verdes, los bosques templados caducifolios y el bosque boreal o taiga. Como vemos, hay una dependencia muy estrecha de la productividad con respecto a la latitud: conforme subimos a latitudes más altas bajan las temperaturas y la cantidad de luz disponible.
Realizan un aporte intermedio a la biomasa las sabanas (que son sin embargo bastante productivas, ya que gran parte de la biomasa es fotosintética), y las zonas de matorral. Los terrenos cultivados sólo son medianamente productivos y aportan menos de la mitad de biomasa que las sabanas, a pesar de que las áreas que ocupan son similares. Estos datos podrían hacernos replantearnos nuestros métodos de cultivo.
Los ecosistemas terrestres son muy variables en cuanto a temperaturas y disponibilidad de agua, lo que genera grandes desigualdades entre ellos (en general, los mares son más uniformes). Las tundras, zonas de alta montaña, semidesiertos y desiertos, aportan en conjunto sólo un 1% de la biomasa mundial. Las zonas de marismas y pantanos son casi tan productivas como las selvas tropicales, aunque ocupan un área mucho más reducida y aportan muy poco a la biomasa, al igual que los lagos y ríos, que presentan grandes diferencias según factores como la temperatura o el contenido en nutrientes minerales.
La economía de la Tierra depende de un delicado equilibrio entre los ecosistemas. Algunos funcionan como pulmones del planeta (las selvas tropicales), en tanto que otros actúan como depósitos de desechos (los fondos marinos) o como grandes reservorios de sustancias útiles (los mares, donde el CO2 causante del efecto invernadero y nutriente esencial para las plantas puede acumularse disuelto o en forma de carbonatos). En algunos ecosistemas se realiza una renovación muy rápida de la materia orgánica (la capa superior de una masa de agua), en tanto que en otros los ritmos son muy lentos (las turberas pantanosas, donde el frío y la escasez de oxígeno ralentizan la descomposición de la materia orgánica, que puede tardar siglos).
Hay que tener en cuenta las características de cada ecosistema al decidir para qué se emplea. Por ejemplo, no podemos basar nuestra alimentación en la pesca, ya que el mar abierto es muy poco productivo y muchos de los peces capturados están cerca de la cúspide de las cadenas alimentarias, por lo que se pierde mucha energía en los eslabones intermedios. Sustituir una vegetación arbórea por otra herbácea genera cambios muy notables en la productividad y en otros muchos parámetros del ecosistema.
El valor de los ecosistemas no sólo estriba en la cantidad de materia que pueden producir, sino también en una gran variedad de tareas que realizan: purificar el agua, descontaminar el aire, suavizar el clima… Si la humanidad hubiera de afrontar estas tareas por su cuenta, el coste sería astronómico. No podemos separar las leyes de la economía humana de las de la economía natural. Podríamos quizá en el futuro eliminar toda la biosfera, pero tendríamos que inventar otra, sin contar ni de lejos con la sabiduría de miles de millones de años de evolución natural.

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