buscar
Espanol flagIngles flag






Tiempo estimado de lectura 4:25 min. rellotge
Gestos en animales y hombres: un lenguaje común


Algunos bonobos o chimpancés pigmeos juegan a realizar extravagantes muecas y pantomimas que no van dirigidas hacia nadie.

Por ejemplo, se aplastan la mejilla con el dedo o proyectan hacia delante la mandíbula inferior. Se sospecha que estos juegos tienen la función de ejercitar la musculatura facial para facilitar las relaciones sociales de estos animales, que usan un código muy complejo de expresiones faciales para informar sobre sus estados de ánimo y sus intenciones. Aunque los humanos hemos llegado más lejos en este terreno (poseemos 42 músculos en la cara para escenificar la alegría, la nostalgia o la angustia), este ejemplo muestra el estrecho lazo que nos une a los animales.

Darwin fue el primero en vincular la expresión de las emociones en el hombre y en los animales. Postulaba que nuestros mecanismos para expresar las emociones básicas son innatos, heredables y, en gran medida, compartidos con otros animales. La selección natural habría moldeado este lenguaje común con propósitos adaptativos, como un medio de interactuar con los otros, identificar sus actitudes e, incluso, desarrollar una “teoría de la mente” para entender sus motivaciones. Cuanto más social sea un animal, más complicado y sutil será su lenguaje corporal.

Darwin propuso tres mecanismos por los que la selección natural condujo a un código estándar de las emociones. El primero es que “si se repiten a menudo los movimientos útiles para satisfacer algún deseo o aliviar alguna sensación, llegan a hacerse tan habituales que se ejecutan, sean o no de utilidad, cada vez que se siente el mismo deseo o sensación incluso en un grado muy débil. Nuestro segundo principio es el de la antítesis. El hábito de ejecutar voluntariamente movimientos opuestos ha llegado a establecerse en nosotros mediante la práctica de toda nuestra vida. (…) Nuestro tercer principio es el de la acción directa del sistema nervioso excitado sobre el cuerpo, con independencia de la voluntad y en gran medida con independencia del hábito”. Como ejemplo del primer mecanismo, la oblicuidad de las cejas y el estiramiento de los ángulos de la boca hacia abajo con que se expresa la tristeza, provienen del esfuerzo para prevenir o cortar un arranque de llanto, en situaciones en que no sería adecuado manifestarlo, como ante la presencia de amenazas. Posteriormente, se estableció una conexión automática entre el estado anímico y este gesto (muchos gestos serían así reliquias de antiguos comportamientos adaptativos). La antítesis aparece muchas veces en la comunicación animal, como la forma más fácil de distinguir entre actitudes opuestas. Por ejemplo, un lobo en actitud agresiva levanta la cabeza, eriza los pelos del lomo y levanta la cola, mientras que en actitud sumisa se agacha y esconde el rabo entre las patas. El tercer principio apelaría a la existencia de unos circuitos neuronales innatos que van a causar la estimulación de ciertos músculos cada vez que experimentamos un estado anímico determinado. Darwin aportó muchas evidencias del carácter innato y universal de las expresiones faciales de emociones básicas. En todas las culturas de la Tierra, tanto en las civilizadas como en las primitivas, los mismos gestos significan las mismas cosas. Es evidente que todos los humanos actuales descendemos de un ancestro común cercano. Existen pequeñas diferencias entre culturas, pero muchas veces se deben más a hábitos sociales de control de las expresiones que a las expresiones mismas. Los gestos que tienen algún significado, como un guiño o sacar la lengua, son mucho más variables y apenas hay gestos de este tipo que sean universales. Otras veces, la propia sutileza de las emociones hace que los gestos sean variables. Los antropólogos Friesen y Ekman han distinguido hasta dieciocho tipos de sonrisa (auténtica, de temor, triste, conquistadora, falsa…), cada una de las cuales emplea diferentes conjuntos de músculos. Por eso las sonrisas fingidas se detectan tan fácilmente, por eso tantas veces nuestras sonrisas son malinterpretadas y por eso la Mona Lisa siempre sonreirá enigmáticamente.

Los métodos usados por Darwin para probar el carácter innato y universal de la expresión de las emociones fueron muy perspicaces. Estudió detenidamente a bebés antes de que hubieran tenido tiempo de aprender los gestos por observación. Por ejemplo, notó que cuando la cuidadora de su bebé simuló que estaba llorando, el niño adquirió inmediatamente una expresión de inconsolable tristeza. También comparó los gestos humanos con los de otras especies y envió cuestionarios a corresponsales en todo el mundo para que le describieran cómo expresaban sus emociones los miembros de las diferentes culturas humanas (hoy este método subjetivo se ha sustituido por la muestra de fotografías a los nativos, pero los resultados son básicamente los mismos). Pero la evidencia más contundente fue la aportada por los niños ciegos de nacimiento (y por los sordos para las expresiones sonoras), que manifestaban sus emociones exactamente con los mismos gestos que los demás niños, a pesar de que no habían podido aprenderlos por observación. Precisamente los ciegos han aportado recientemente una prueba espectacular de que los gestos en que se traducen las emociones se transmiten hereditariamente por medio de paquetes de genes.

Aunque las expresiones básicas son las mismas en todos nosotros, existen pequeñas diferencias individuales (debidas, por ejemplo, a la diferente configuración de los músculos o de los circuitos nerviosos que los controlan) que escapan a nuestra percepción, pero que pueden ser detectadas y cuantificadas por medio de un análisis gráfico de los rostros por ordenador. Éste es el método que han empleado investigadores de la universidad de Haifa, en Israel, en un estudio con diversos grupos de ciegos de nacimiento y sus familiares videntes. Provocaron en ellos diversas emociones, como alegría, enfado o sorpresa, y cuantificaron la diferencia de sus expresiones faciales. Comprobaron que los gestos son mucho más parecidos entre los ciegos y sus familiares videntes, que entre ciegos de diferentes familias. Curiosamente, fueron los gestos de emociones negativas los que mostraron mayor semejanza.

La naturaleza humana es la misma en todos los pueblos, como ya defendiera el judío Shylock, el memorable personaje de “El Mercader de Venecia”, de Shakespeare: “¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? (…) ¿Si nos pincháis, acaso no sangramos? ¿Si nos cosquilleáis, acaso no reímos?”.








...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


Patrocinador



Otros Reportajes:


Los más comentados:




Publicidad




Patrocinador




Publicidad



En colaboración:
Fox   National Geographic Channel   Feelnoise   Foxlife   Guinness World Records   Phaidon   Blume   Editorial Planeta

| PortalMundos.com Internacional |
fltx Europa: España fltx América del Norte: México, US en español fltx América Central: Costa Rica, Cuba, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana fltx América del Sur: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay, Venezuela

PortalMundos Factory, S.L. | 2000 - 2012 | Hosting Profesional por :: isyourhost.com ::