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Elefantes: Su compleja personalidad

Los elefantes comparten características fundamentales con los humanos y los simios antropomorfos.

Disfrutan de vidas largas, tienen cerebros muy grandes y sus crías dependen del cuidado de los mayores durante mucho tiempo. Estos rasgos se asocian con el desarrollo de la inteligencia y la vida en comunidades sociales complejas. Sin embargo, sus mentes difieren en muchos aspectos. La inteligencia del elefante es extraña y misteriosa.

Los elefantes son torpes, si se les compara con los chimpancés, en algunas tareas. No son capaces de entender que si tiran de una cuerda, la bandeja de plátanos se acercará a ellos, ni que si se pone un cubo tapando el plátano, éste sigue debajo. En cambio, muestran otras conductas espontáneas que reflejan su peculiar inteligencia.

Limpian de tierra las hierbas antes de comérselas golpeándolas contra sus patas o metiéndolas en agua. Si hay agua cerca, el elefante prefiere este segundo método, más eficaz, lo que refleja una interacción flexible con el ambiente. Algunos elefantes cubren los pozos en la arena con bolas de corteza mascada para que el agua no se evapore. Algunos jóvenes elefantes tienen el rebelde hábito de tapar con barro la campana que cuelgan los hombres en sus cuellos, para entrar silenciosamente a comer bananas en las plantaciones de noche.

Los elefantes pertenecen al muy selecto club de los animales capaces de reconocerse en el espejo. Los investigadores colocaron un espejo gigante frente a tres elefantas adultas. Todas mostraron signos de reconocerse a sí mismas: abrieron la boca y la examinaron atentamente. Una pasó la prueba de oro, el “test de la marca”. Le pintaron una marca en la cabeza y ella la contemplaba repetidamente. El autorreconocimiento es parte de una habilidad cerebral compleja.

Los elefantes usan herramientas. Como los primates, los elefantes jóvenes juegan con objetos encontrados en su medio. Usan palos manejados por la trompa para rascarse. También usan hojas anchas como espantamoscas. Arrojan todo tipo de objetos ante los intrusos y los enemigos. Los proyectiles incluyen pesadas piedras, palos, huesos grandes, etc. Los elefantes también se arrojan intencionadamente objetos unos contra otros en las luchas por el ascenso en la jerarquía y en los juegos juveniles. Han aprendido también a romper los cables en las vallas electrificadas con piedras o troncos.

Los elefantes tienen una memoria prodigiosa. Viajan cientos de kilómetros al año. Deben recordar los caminos que han seguido y, sobre todo, los sitios en la sabana (e incluso el desierto) donde hay agua. Los pozos pueden estar separados más de sesenta kilómetros unos de otros. Los elefantes poseen un sentido maravilloso de la orientación. Recuerdan año tras año (a lo largo de sus setenta de vida) la situación exacta (con menos de 1m de error) de cientos de pozos naturales de agua. Además, les basta con haber estado sólo una vez en su vida en cada uno de los pozos.

Los elefantes poseen también una gran memoria social. Cada uno de ellos reconoce a más de cien elefantes, tanto de su grupo como de los próximos. Es capaz de reconocer tanto su olor como sus voces: los elefantes están continuamente ‘hablando’ entre ellos. Sus señales de comunicación son muy variadas (incluyendo signos visuales, táctiles, sonoros e infrasónicos), lo que es un indicio de inteligencia. Ellos usan sonidos, muy sofisticados, de frecuencias audibles por nosotros, que se transmiten a través del aire. Además, los elefantes usan sonidos de muy baja frecuencia que viajan grandes distancias a través del suelo. Nosotros no podemos oírlos: son como pequeños terremotos, que ellos perciben con sus patas. Unos pocos elefantes cautivos han aprendido a imitar sonidos e incluso la voz humana, y una elefanta africana semisalvaje fue capaz de imitar el ruido distante del tráfico. Estas cualidades probablemente evolucionaron para mantener la cohesión social entre las hordas de elefantes, que se dispersaban y se reagrupaban. Un ejemplar africano ha pasado la mayor parte de su vida conviviendo con elefantes asiáticos, que producen un sonido gorjeante único, y emite el gorjeo asiático, en lugar de las graves llamadas africanas.

Un elefante nunca olvida a quien le ha hecho daño. A veces asaltan asentamientos humanos aparentemente como venganza por antiguos ataques. Manadas de ellos han demolido cabañas y destruido cultivos, no para conseguir comida, sino para asustar a la gente. De una generación a otra se ha transmitido un sentimiento de desconfianza hacia los humanos. Esto es un ejemplo de que los elefantes presentan memoria cultural. Los elefantes que nunca han sido cazados reaccionan a la presencia humana con curiosidad y buena disposición. Las manadas de elefantes que han sido cazadas por el hombre pueden refugiarse en los bosques, adoptar hábitos nocturnos y evitar todo contacto con humanos. Las madres enseñan a sus hijos estas estrategias.

Las madres elefantes son muy cuidadosas y a veces reaccionan acertadamente ante situaciones urgentes. Una elefanta parió una cría aparentemente muerta, pero ella comenzó a mover con sus patas el cuerpo inerte, sin descanso. Tres horas después de este rudo masaje, la cría comenzó a moverse y acabó poniéndose de pie con la ayuda de su madre. Una manada de elefantes está compuesta únicamente por hembras y crías bajo el liderato de la hembra más vieja y es altamente cooperativa. Las madres comparten su leche. Las crías disponen de madres auxiliares (“tías”) que vigilan el sueño del bebé mientras la madre descansa tras el parto. Las madres y tías se interponen entre el sol y la cría y mueven sus orejas para refrescarla. Una cría caída al agua será rescatada por las adultas, que empujan con sus patas y tiran con sus trompas, cuidando siempre de que su cabeza esté fuera del agua. Una “tía” adopta a la cría si la madre muere. No es sorprendente que los elefantes tengan una de las tasas más bajas de mortalidad infantil de todos los animales. Los bebés elefantes, como los humanos, saben muy poco por instinto. Nacen sólo con un 35% de su cerebro adulto, el porcentaje más pequeño de todos los animales. Deben aprender casi todo lo que necesitan para vivir. Tienen que aprender a usar su trompa para beber, imitando a los adultos, y también qué plantas son comestibles.

Los elefantes tratan de ayudar a sus congéneres heridos o enfermos. Se ha observado a menudo a un elefante que intenta levantar a otro que ha caído y, una vez levantado, lo ayuda a mantenerse en pie. Cuando un elefante muere, los demás miembros de su clan (y de otros próximos) visitan al cadáver y lo tocan. Lo rodean y emiten sonidos de duelo durante varios días. Durante años observarán los restos esqueléticos con atención. Cuando una manada de elefantes pasa por el lugar donde murió un miembro suyo, se detienen y exhiben signos de reverencia. Éstas son conductas que sólo los elefantes comparten con los humanos.

El elefante tiene el mayor cerebro entre los animales terrestres, que representa un 0,08% del peso corporal (en los humanos, un 2%). Los cerebros de elefantes y humanos presentan muchas circunvoluciones que incrementan su superficie, lo que está correlacionado con una alta inteligencia. ¿Qué es específico del cerebro del elefante? El hipocampo, zona muy importante en la memoria y las emociones, es mayor en el cerebro del elefante que en el humano. Otras 3 áreas están notablemente desarrolladas: el lóbulo olfatorio (en relación a la gran nariz), el cerebelo (se cree que para la coordinación de los movimentos, en especial los de la trompa) y el lóbulo temporal, que está vinculado generalmente con el oído y la vocalización. Es razonable conjeturar que los elefantes tienen muy desarrollado este lóbulo para distinguir una gran variedad de sonidos y comunicarse con ellos. Pero, sobre todo, podemos decir que la inteligencia del elefante está muy condicionada por su trompa, como la nuestra por nuestras manos.








...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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