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Ecosistemas: La evolución

El desarrollo de los ecosistemas presenta algunas analogías con la vida humana. En su juventud, los ecosistemas suelen ser inestables, derrochadores y frágiles, aunque extraordinariamente dinámicos y productivos.

Cuando alcanzan la madurez se vuelven más pausados y estables: los ritmos de tránsito de la energía a través de ellos se ralentizan, al tiempo que se maximiza la eficiencia en su aprovechamiento. Las especies pioneras son sustituidas por otras. En general, el número de especies suele crecer con el tiempo y se establecen numerosas relaciones entre ellas que estabilizan el ecosistema y lo protegen frente a eventuales transformaciones.

Algunos ecosistemas, como las profundidades del mar o las selvas ecuatoriales, persisten sin cambios importantes en su estructura (aunque las especies que los pueblan puedan haber variado) desde hace cientos de millones de años. Pero nada es eterno e incluso estos ecosistemas, ante determinadas perturbaciones, son muy vulnerables. Los ecosistemas también pueden entrar en decadencia e iniciar un proceso de degradación imparable. Algún fenómeno inesperado, como la llegada de una especie perturbadora o un cambio climático, pueden hacer retroceder un ecosistema hacia etapas anteriores de su evolución. El ecosistema se rejuvenece y vuelve a comportarse de forma alocada, aparecen nuevas especies colonizadoras u oportunistas y poco a poco puede restablecerse el antiguo equilibrio o adquirirse uno nuevo.

Los ecosistemas jóvenes suelen ser simples y los maduros, complejos. En un ecosistema maduro abundan los recovecos, los escondites, los engaños y las emboscadas. En efecto, ya la propia estructura espacial de un ecosistema nos puede informar acerca de su edad. Un prado de hierba presenta una estructura mucho menos complicada que un bosque. Por ello puede alojar menos especies, aunque una gran parte de la energía que se recibe del sol es empleada directamente en hacer crecer la hierba y la producción neta por unidad de tiempo es muy alta.

En un bosque, aparecen muchos más nichos ecológicos, que pueden ser ocupados por muy diversas especies. Algunas especies viven en el suelo, otras en las cortezas o el interior de los árboles y otras en las hojas. Gran parte de la energía se emplea en fabricar materias, como la madera, que no van a servir para fotosintetizar, por lo que la productividad se ralentiza. Pero precisamente la diversidad de nichos y de especies propicia que haya un aprovechamiento excelente de la energía: hay muchos organismos que son capaces de alimentarse de diferentes sustancias y de aprovechar lo que otros desechan. En un bosque maduro nada se desperdicia, todo es reciclado.

En los ecosistemas maduros las interacciones entre especies pueden alcanzar gran complejidad y sutileza. Aparecen muchos ejemplos de simbiosis, de interdependencia o de tácticas refinadas de defensa y ataque. Muchos organismos se hacen parásitos y otros se hacen expertos en engañar a sus enemigos, por ejemplo, adoptando el disfraz de especies venenosas, aunque ellos sean inofensivos, o confundiendo sus aparatos sensoriales.

Los ecosistemas maduros son como maquinarias muy bien engranadas en las que sus distintos componentes cooperan para mantener la biomasa total a niveles prácticamente constantes. La alta eficiencia en el uso de la energía permite que la cantidad total de biomasa sea enorme, a diferencia de los ecosistemas jóvenes, donde la cantidad de biomasa es aún pequeña y en cambio hay una gran disponibilidad de recursos fácilmente accesibles (como nutrientes minerales del suelo). Por ello pueden crecer con rapidez.

El punto débil que presentan los ecosistemas maduros es precisamente que la mayoría de los recursos están almacenados en formas poco accesibles para los organismos. Por ejemplo, el suelo de una selva tropical es tremendamente pobre en nutrientes, ya que casi todos están ya en las plantas y en los animales. La única forma de recuperar esos nutrientes es esperar a que mueran los organismos y sean descompuestos. El ritmo de recambio por lo tanto es lento.

Por eso, si se tala una selva tropical y se retiran los restos vegetales, es tan difícil que se regenere el bosque original. Las elevadas precipitaciones de las zonas tropicales lavan los escasos nutrientes minerales y erosionan los suelos, que suelen además presentar una costra dura resistente al paso de las raíces. En zonas llanas y sobre materiales carbonatados, puede regenerarse al menos un bosque secundario, pero los efectos son muy graves en terrenos montañosos y de naturaleza silícea, que son más pobres en nutrientes minerales.

Algunos ecosistemas, paradójicamente, necesitan para su mantenimiento de un ciclo de catástrofes y renacimientos. Algunas plantas son muy fácilmente combustibles para favorecer los incendios. Si no hubiera incendios, serían desplazadas en la competencia por especies de mayor porte y más eficientes en el aprovechamiento de los recursos. Por ello, lo que interesa a estas plantas es perecer calcinadas de vez en cuando. Muchas de estas plantas pueden rebrotar tras los incendios o bien las semillas son muy resistentes al fuego. Estas plantas pueden crecer muy bien en ambientes con mucha luz y resisten una elevada evaporación de agua. El ambiente tras el fuego es además muy propicio porque las cenizas contienen muchos nutrientes minerales inmediatamente asimilables. En poco tiempo puede haberse regenerado un herbazal o un matorral similares a los originales.

El conocimiento de la dinámica de los ecosistemas es fundamental en una etapa de la historia de la Tierra en que la mayoría de los ecosistemas están siendo alterados a un ritmo sin precedentes. La mayoría de los ecosistemas están siendo rejuvenecidos, aunque también está progresando la evolución hacia ecosistemas más maduros cuando, por ejemplo, se abandonan campos de cultivo en los países desarrollados y se regenera el bosque natural. Estos cambios están transformando la economía energética del planeta entero. Los ecosistemas suelen presentar muchos mecanismos restauradores del equilibrio (si no fuera así, no habrían resistido tantas catástrofes a lo largo de la historia), pero nadie sabe por cuánto tiempo seguirán funcionando.








...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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