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Dueños de la Tierra: La evolución de los insectos

Los insectos (junto a otros organismos muy exitosos, como las bacterias) son los verdaderos dueños de la Tierra.

Nosotros somos muy poderosos, pero también muy vulnerables y propensos a los errores. Los insectos viven en todos los hábitats del mundo (aunque, misteriosamente, no en los mares). Representan el mayor porcentaje de la biomasa animal terrestre, poseen un número abrumadoramente superior de especies al de cualquier otro grupo animal, participan en procesos vitales para la economía de la biosfera (por ejemplo, la polinización de la mayoría de las plantas) y son extremadamente adaptables, resistentes e inventivos.

¿Cuál es el secreto de su éxito? ¿Es que hay que ser pequeño, poseer un esqueleto quitinoso externo que les da aspecto de robots, tener el cuerpo segmentado, 3 pares de patas en el tórax, un par de antenas y cara de extraterrestre para dominar el mundo?

Su origen es un misterio. No sabemos con qué grupo de organismos están más relacionados. Numerosos rasgos de su morfología los aproximan a los ciempiés y los milpiés, aunque ahora se cree que están más estrechamente emparentados con los crustáceos, con los que comparten también muchos rasgos y además un mismo sistema genético de control del desarrollo.

Los fósiles de insectos más antiguos que se conocen datan de hace unos 400 millones de años y delatan un entorno pantanoso y un clima cálido. Algunos se parecen a los colémbolos, un grupo actual de “pulguillas saltarinas” (aunque tienen muy poco que ver con las pulgas) que se encuentran en el suelo o en las charcas. Otros se parecen a los pececillos de plata y otros bichos similares que encontraremos si miramos atentamente las paredes de nuestras casas.

Los descendientes de estos fósiles ocupan actualmente una posición muy humilde en los ecosistemas, aunque a veces aparecen en cantidades ingentes. ¿Cómo pudieron originarse a partir de estos seres diminutos y simples los conquistadores del mundo?

La respuesta es que escondían la suficiente flexibilidad para desarrollar varias grandes invenciones. La primera de ellas fue el ala. Los insectos fueron los primeros organismos capaces de volar, lo que aumentó espectacularmente sus posibilidades de supervivencia: pudieron dispersarse más eficazmente y escapar de sus enemigos. Este invento se logró relativamente pronto, hace quizá unos 350 millones de años. No se sabe qué estructura corporal dio origen a las alas, ni qué función tuvieron en principio unas alas no completamente desarrolladas: quizá sirvieron para la termorregulación o para facilitar el planeo de una planta a otra.

Los primeros insectos tenían alas que no podían plegarse, pero hace unos 320 millones de años aparecieron insectos que sí podían plegarlas sobre el cuerpo, con la consiguiente ventaja para acceder a lugares estrechos. Las cucarachas, que apenas han sufrido modificaciones desde ese hecho, son algunos de los insectos vivientes de origen más antiguo. Los escarabajos, el grupo más exitoso de insectos, desarrollaron hace unos 270 millones de años un perfeccionamiento adicional: las alas anteriores se endurecieron para proteger a las posteriores, que son las que efectúan el vuelo.

Otra gran innovación fue el desarrollo de formas larvarias diferenciadas del adulto y de pupas donde las larvas podían transformarse en adultos protegidas de algunos peligros del exterior. Las larvas son máquinas de comer y los adultos son agentes de reproducción y de dispersión. Muy frecuentemente las larvas no comen los mismos alimentos que los adultos (algunas veces estos ni siquiera se alimentan), con lo que se reduce la competencia entre los miembros de una misma especie. Esta innovación se produjo hace unos 300 millones de años. Los grupos antiguos, como las mantis, saltamontes y chinches, producen crías que son como adultos en miniatura y que suelen tener los mismos requerimientos. Otros grupos más modernos, como escarabajos, moscas, mariposas e himenópteros (avispas, abejas y hormigas) poseen ya este modo de desarrollo más evolucionado.

El tercer gran avance fue descubrir qué grupo de vegetales tenía más futuro y asociarse estrechamente a ellos. Las plantas con flores se desarrollaron espectacularmente en el Cretácico (hace entre 146 y 65 millones de años), aunque seguramente tienen un origen más antiguo. Algunos insectos que estaban ya fuertemente relacionados con otras plantas, como los escarabajos, aprovecharon la expansión de las plantas con flores y se asociaron con ellas (aunque más bien las explotaron).

Otros grupos surgieron en este periodo a raíz de esta alianza, como las mariposas y las abejas, que establecieron con las plantas con flores relaciones prácticamente de simbiosis, ya que los insectos obtenían alimento de las plantas en forma de néctar y polen (muchas de sus larvas sin embargo eran desagradecidas depredadoras de hojas) y a cambio servían a la reproducción de las plantas llevando el polen de unas flores a otras. Esto condujo a una estrecha coevolución entre los dos grupos, con plantas cada vez más adaptadas a atraer insectos específicos y con insectos cada vez más dependientes de un determinado tipo de planta.

La culminación de la evolución de los insectos es la adquisición por parte de algunos grupos (termitas, abejas y hormigas) de estructuras sociales altamente organizadas y complejas. Muchos rasgos de estas sociedades son equiparables a los de las sociedades humanas: estrictas jerarquías, división del trabajo, cuidado intensivo de las crías, construcciones asombrosas, comunicación muy elaborada entre los individuos, invención de la ganadería, la agricultura, la esclavitud y la guerra organizada…

Hay quien piensa que las sociedades más complejas de insectos son una especie de “superorganismos”, con la inteligencia global distribuida entre los distintos miembros de las colonias. Las únicas causas por las que probablemente estos insectos no se nos han adelantado en el dominio de la Tierra son las limitaciones que les impone su pequeño tamaño: no pueden encender fuego (la mínima llama estable es mayor que ellos), las herramientas que pudieran fabricar no serían muy eficientes a causa de su pequeño tamaño, etc. Un animal con esqueleto externo no puede ser muy grande, pero quizá si los insectos sociales hubieran sido un poco mayores, las huellas que hay en la Luna irían de seis en seis.

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...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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