Junto a las causas de su extinción, ésta es la otra gran pregunta del millón que siempre hacen a los paleontólogos.
Un aspecto desesperante de la paleontología es que, aunque cada vez aparezcan más indicios de respuesta en una determinada dirección, nos cuesta mucho trabajo sentirnos satisfechos, sin el acceso a las pruebas directas que el tiempo nos veda. Últimamente se están acumulando datos que sugieren que los dinosaurios podían regular en buena medida su temperatura, pero ¿cuándo podremos decir categóricamente que los dinosaurios eran de sangre caliente?
¿Qué entendemos por animal de sangre caliente? Un atún, como otros peces de natación rápida y músculos muy activos, puede mantener su temperatura corporal varios grados por encima de la del agua circundante. Probablemente los dinosaurios que cazaban a la carrera poseían una alta tasa metabólica y seguramente su temperatura corporal era elevada. Por otro lado, los dinosaurios muy grandes y sobre todo los de formas más rechonchas, poseerían una gran inercia térmica, ya que el calor tardaría mucho en intercambiarse entre sus enormes volúmenes corporales y el exterior a través de las relativamente reducidas superficies de sus cuerpos.
Un animal de sangre caliente sería aquel que normalmente mantiene su temperatura corporal casi constante, dentro de estrechos límites. Y si los dinosaurios están estrechamente emparentados con las aves (algo de lo que quedan ya muy pocas dudas, en vista del abrumador número de pruebas que se han ido acumulando), es posible que su temperatura fuera realmente alta, ya que las aves son los vertebrados que tienen ajustado su termostato interno a mayor temperatura, en muchos casos a más de 42 º C (con esa fiebre nosotros no tardaríamos en morir).
En los últimos años los paleontólogos están absolutamente revolucionados. Encontrar tejidos blandos de animales que murieron hace más de 65 millones de años era una fantasía calenturienta, pero sorpresivamente se ha cumplido, y el número de hallazgos no para de crecer. El más espectacular probablemente sea el de la impresión del corazón de un Thescelosaurus, un dinosaurio herbívoro de unos 300 kgs que vivió hace 66 millones de años.
Las tomografías computerizadas que se realizaron a este ejemplar mostraron un órgano en la cavidad torácica que parece corresponder (las dudas son escasas) a un corazón. Se observan 4 cámaras y una única aorta, como en aves y mamíferos y a diferencia de los reptiles. Esto sugiere que poseía unos sistemas circulatorio y pulmonar separados y un metabolismo más rápido que el de los reptiles, lo que podría permitirle mantener alta su temperatura.
Otros tejidos blandos que se han descubierto son restos de cerdas, plumones y plumas primitivas (no aptas para el vuelo) en diversos grupos de dinosaurios, incluso en algunos no estrechamente relacionados con los que dieron origen a las aves. Estas estructuras podrían servir para una variedad de funciones: camuflaje, ostentación sexual, comunicación entre individuos… Pero tuvieron también que servir en mayor o menor medida como aislante térmico, y un animal de sangre caliente necesita una capa aislante que amortigüe las oscilaciones de temperatura del entorno.
Los últimos hallazgos han permitido contestar a otra gran pregunta planteada desde que se descubrieron los primeros dinosaurios: ¿a qué ritmo crecían? Hasta hace poco no se conocía ningún patrón para medir la edad de los dinosaurios, pero un análisis minucioso de los huesos ha revelado que en ellos estaba la clave.
Los huesos de los dinosaurios presentan líneas de crecimiento anuales, o al menos estacionales, del mismo modo que los árboles (aunque están más enmascaradas que en ellos). De la densidad de los anillos de crecimiento y de otras estructuras óseas (por ejemplo, los huesos presentan muchos vasos sanguíneos) se infiere que los dinosaurios crecían muy rápido y llegaban al estado adulto muy pronto. El patrón de crecimiento es de nuevo similar al de aves y mamíferos y diferente al de los reptiles. Este rápido crecimiento sugiere que los dinosaurios tenían una alta tasa metabólica, lo que nos lleva de nuevo a suponer que eran de sangre caliente.
Otros indicios indirectos apuntan también en esta dirección. La proporción de depredadores y presas de algunas comunidades de dinosaurios es más próxima a la de cazadores de sangre caliente que a la de cazadores de sangre fría. Además, la evolución de los dinosaurios ha seguido en general la dirección de adquirir cada vez más agilidad, más eficiencia en el aprovechamiento de los alimentos (denticiones más eficaces, por ejemplo) y más inteligencia (un cerebro despierto y activo requiere un metabolismo elevado).
Nosotros tal vez podríamos darnos por satisfechos con todas estas pruebas y admitir ya que los dinosaurios eran de sangre caliente, pero los científicos son tremendamente meticulosos, puntillosos y desconfiados (los que no han presentado estas características han metido la pata en incontables ocasiones) y seguirán buscando más pruebas. Además, quedan aún muchas preguntas pendientes que los mantendrán entretenidos presumiblemente durante décadas: ¿Cuál era su temperatura corporal y su rango de variación? ¿De qué medios se valían para absorber y disipar calor? ¿Regulaban su temperatura de forma diferente los dinosaurios grandes y los pequeños? El sueño de todos nosotros seguirá siendo, de todas formas, acariciar alguna vez un dinosaurio rescatado del pasado y responder con nuestros dedos a esa vieja pregunta.

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Creo que los dinosaurios eran de sangre caliente, sino ¿cómo se entiende que habitaran en zonas semipolares?