EstarÃa bien poder morir con discreción y elegancia, sin hacer ruido y sin molestar a nadie, cuando nuestra existencia se convierta en una carga demasiado pesada para los demás.
La naturaleza es sabia y esto es exactamente lo que hacen las células de nuestro organismo cuando, por ejemplo, son invadidas por virus o acumulan una gran cantidad de errores genéticos. Una cascada de señales moleculares desencadena entonces un programa ordenado y limpio de suicidio celular.
Cuando las células mueren por causas externas, como una quemadura o la falta de riego sanguÃneo, se hinchan, estallan y provocan la reacción inflamatoria de las células vecinas, con la consiguiente respuesta del sistema inmunitario, que actúa indiscriminadamente y suele dañar también las células sanas. El proceso de suicidio celular (o apoptosis) es por el contrario inocuo para las células adyacentes. Las células que se están muriendo encogen y se apartan de sus vecinas. No se rompen sus membranas, aunque se forman en ellas unas burbujas que evocan la sensación de que están hirviendo. Finalmente son fagocitadas por las células del sistema inmunitario sin provocar la inflamación de las células vecinas.
El suicidio celular no es un fenómeno extraordinario, sino que es algo habitual y necesario a lo largo de toda la vida de los organismos. Muchas células deben suicidarse durante el desarrollo embrionario (por ejemplo, las de la cola de los renacuajos o las de las membranas interdigitales de los embriones humanos, para separar los dedos). Otras células deben morir ordenadamente durante la vida adulta: las células del cristalino del ojo se suicidan y se vacÃan completamente de contenido, salvo una proteÃna transparente, para permitir el paso de la luz; las células de la piel mueren en su camino desde la capa interna, para constituir una capa exterior protectora; las células de la pared del útero mueren y se desprenden durante la menstruación y los linfocitos T, células del sistema inmunitario encargadas de atacar a otras células, se suicidan en el timo antes de entrar en el torrente sanguÃneo si son inútiles o atacan a los tejidos del propio cuerpo.
Alteraciones en los procesos de suicidio celular pueden estar en la base de muchas patologÃas. Una actividad deficiente de los mecanismos de suicidio puede provocar cáncer, al permitir que células con graves trastornos genéticos se reproduzcan con libertad. Se ha observado por ejemplo que muchas células tumorales han inactivado el gen que cifra la proteÃna p53, que suele conducir a la activación de la maquinaria suicida de la célula cuando aparecen daños en el ADN. Un defecto de suicidios también puede provocar enfermedades autoinmunes, en las que el sistema inmunitario ataca al propio organismo, como la artritis reumatoide o el lupus eritematoso. En estos casos los linfocitos T, en lugar de combatir las infecciones, se revuelven contra los tejidos del propio organismo y desobedecen las órdenes de suicidarse (o bien el organismo no ha sido capaz de emitirlas).
Por el contrario, otras enfermedades pueden tener su origen en una actividad exagerada de los procesos de suicidio. Errores en la señalización pueden provocar que células que están en perfectas condiciones sean obligadas a suicidarse. Este fenómeno puede estar implicado en enfermedades neurodegenerativas tan devastadoras como el Alzheimer y el Parkinson. La inmunodeficiencia que provoca el virus del SIDA estarÃa causada por una apoptosis masiva de los linfocitos T. Las lesiones posteriores a un infarto podrÃan explicarse en parte porque las células que sobreviven a la falta de oxÃgeno son inducidas a suicidarse por una producción excesiva de radicales libres.
Las armas que usa la célula para poner fin a su vida son un grupo de proteÃnas, llamadas proteasas “de tipo ICE”, que degradan a otras proteÃnas. Todas las células albergan en su interior estas moléculas, inactivadas (lo que recuerda la pastilla que daban a los espÃas para usarla en caso de ser capturados por el enemigo). Cuando se producen daños intolerables en la célula o se reciben señales del exterior de que debe iniciarse el suicidio, estas proteÃnas se activan y rompen proteÃnas estructurales esenciales de la célula o bien causan la destrucción del material genético, lo que inevitablemente va a acarrear la muerte celular.
La investigación actual se centra en identificar la compleja red de señales activadoras e inhibidoras que están implicadas en el programa de suicidio. Estas señales varÃan ampliamente de unas células a otras y aún se está lejos de descifrarlas, pero ya se están ensayando algunos enfoques terapéuticos destinados a influir en estos mecanismos.
Concretamente, en septiembre del 2004 se informó del desarrollo por parte de cientÃficos estadounidenses de un compuesto que actúa promoviendo el suicidio de las células tumorales. La sustancia actúa estabilizando una proteÃna clave en la iniciación del proceso de apoptosis, para que ésta pueda desarrollar su acción durante el tiempo suficiente. Se han realizado experimentos con células de leucemia cultivadas en laboratorio e incluso con ratones a los que se habÃan inyectado células humanas de leucemia, y se ha demostrado que la proteÃna modificada es capaz de entrar en las células e inducir en ellas el suicidio.
A pesar de estos éxitos, hay que recordar que habrá que realizar muchas pruebas antes de poder aplicar estas técnicas en humanos. Los compuestos que se usen han de ser muy especÃficos, porque una alteración de los patrones de suicidio de otros grupos de células distintos del blanco puede tener efectos secundarios realmente muy graves.

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