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Cooperación entre animales: ¿Altruismo o interés?

Los seres humanos llevamos a extremos inconcebibles tanto el egoísmo como el altruismo. Pero no por ello nos diferenciamos de los animales. Los últimos estudios confirman que compartimos con ellos las emociones que dan lugar a ambos tipos de conducta.

Hasta hace poco se pensaba que los actos de altruismo en los animales estaban exclusivamente dirigidos a los parientes cercanos. Antes de que esta teoría se desarrollase, se pensaba que los animales eran altruistas “por el bien de la especie”, pero la evolución no funciona así. La selección natural no actúa sobre grupos amplios en un dilatado periodo de tiempo, sino en el presente, eliminando a los individuos que no están adaptados a unas circunstancias concretas. Últimamente se han descubierto algunos casos de animales en que el grado de cooperación no depende del parentesco, sino de otras variables, como el sexo, la edad y el tamaño del individuo.

Esto se ha observado en los suricatos (las mangostas sociales popularizadas por la película de Disney “El Rey León”). Una de sus conductas cooperadoras es el establecimiento de turnos de vigilancia, en que los individuos se yerguen sobre dos patas para otear la presencia de predadores. La cooperación en los suricatos parece no basarse en el incremento de supervivencia de los parientes (con la consiguiente propagación de muchos de los genes del individuo altruista), sino que redunda a la larga en un aumento de la supervivencia del propio individuo. Esto se lograría con un ascenso en su estatus social por cooperar, con una reducción de las probabilidades de que el individuo sea expulsado por el grupo y con una caída de la mortalidad general del grupo (así el individuo tiene más posibilidades de ser ayudado por otros miembros más jóvenes en el futuro).

Una regla de comportamiento muy extendida entre los animales es: sé sumiso ante los que están por encima de ti en la jerarquía y abusa de los que están por debajo. Pero no es universal. Muchos animales (especialmente los que cazan en grupo) están programados para cooperar y para negociar (y también aprenden a ello). Pueden llegar a desarrollar reglas pragmáticas semejantes a las de la economía humana e incluso un sentido natural de la justicia.

Nuestro altruismo proviene de nuestro bagaje de primates cooperadores. Los chimpancés, por ejemplo, comparten comida a cambio de otros favores, como el aseo. Los chimpancés se preocupan de que estos trueques sean más o menos justos. Para ello, tienen en cuenta el grado de conocimiento que tienen de cada individuo. Ante un congénere con el que un individuo coopera esporádicamente, éste lleva un recuento mental de los favores concedidos y recibidos últimamente. Otras veces, cada individuo imita la actitud del otro (cuando los individuos no se conocen). Los individuos intercambian así favores espontáneamente (ésta conducta aparece también en monos de intelecto menos desarrollado, pero que cazan cooperativamente, como los capuchinos). Entre los individuos que se conocen desde hace mucho tiempo y que han manifestado una marcada tendencia a cooperar, no se lleva la cuenta de los favores recibidos anteriormente (como en el caso de los verdaderos amigos humanos).

Un experimento muy interesante fue el realizado con dos monos capuchinos. Cada uno estaba en una jaula contigua, a través de cuya pared común podían compartir comida. Para obtenerla, los dos debían tirar de una bandeja (era demasiado pesada para que pudiera moverla uno solo), pero sólo obtenía comida uno de ellos. Éste podía tener tentaciones de no compartirla, pero si obraba así, su compañero no tendría motivos para seguir cooperando con él tirando de la bandeja. La mayoría de las veces, el ganador de la comida la compartía con su ayudante (si no lo hacía, tenía que enfrentarse además a sus sonoras protestas).

Esta emoción ligada al sentido de la justicia está presente también en otras conductas de los primates y explica por qué a veces, irracionalmente, renunciamos a un beneficio al comprender que estamos siendo víctimas de una injusticia. Se entrenó a monos capuchinos para que entregaran guijarros a cambio de pepinos, que comían de buen grado. Pero si la investigadora daba a un mono pepino y a otro, uvas, el del pepino se mostraba muy descontento y podía acabar arrojando violentamente tanto el guijarro como el pepino. Los animales también tienen orgullo.

Estos datos sobre la negociación en animales están en concordancia con un modelo matemático: el juego del prisionero. En él, las ganancias y pérdidas de las conductas de dos jugadores (cooperar y no cooperar) están establecidas de forma que se genere una paradoja: para cada individuo concreto, la estrategia óptima (o menos arriesgada) es no cooperar, pero si los dos cooperan, la ganancia es mayor para ambos. En este juego, un individuo no sabe cómo va a reaccionar el otro, pero con su reiteración los animales pueden aprender a distinguir entre los individuos que suelen cooperar y los que no.

Se han diseñado muchas estrategias para este juego reiterado. En muchas circunstancias, las estrategias egoístas cobran ventaja al principio, pero acaban conduciendo a la extinción por exceso de rapacería. Las estrategias demasiado bonachonas también sucumben en cuanto aparece un aprovechado. La estrategia vencedora concilia la buena voluntad y la falta de rencor con un estricto sentido de la justicia (“donde las dan, las toman”). Es sorprendente su simplicidad: se empieza cooperando y en las siguientes jugadas se repite la jugada anterior del contrario. La falta de cooperación es castigada inmediatamente, pero en cuanto el otro jugador coopera de nuevo, se olvida lo pasado y se vuelve a cooperar. Esta sencilla y pragmática regla podría generalizarse en las relaciones humanas. Hay otras conductas más elevadas espiritualmente, pero conociendo nuestro general egoísmo, no es nuestra peor opción.








...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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1 comentario en Cooperación entre animales: ¿Altruismo o interés?

  1. Recientemente (12-08), investigadores de la Universidad de St. Andrews, en Escocia, han descubierto que los orangutanes son capaces de llevar a cabo cálculos muy complicados para decidir si colaboran o no con otro individuo. Los investigadores dieron a dos individuos (Dok y Bim) una serie de fichas con diferentes valores. Unas podían ser intercambiadas por bananas para sí mismos, otras por bananas para el otro y otras no tenían valor alguno (este complejo juego habla mucho de la gran inteligencia de los orangutanes). En un principio, Dok se mostró dispuesta a intercambiar fichas para conseguir bananas para Bim. A veces Bim le señalaba esas fichas en particular para alentarla. Bim, en cambio, parecía menos interesado en obtener bananas para Dok. A medida que Dok fue perdiendo el interés en conseguir bananas para Bim, éste comenzó a intercambiar más fichas para conseguir bananas para ella, hasta que los esfuerzos de ambos quedaron equilibrados.

    Si bien el intercambio de bienes y servicios es común en el reino animal, hasta el momento no se había hallado evidencia de que las transacciones estaban basadas en meticulosos cálculos sobre los costos y beneficios, ni de que los animales llevaban un registro de los favores que habían hecho o que otros les debían a ellos.

    Curiosamente, chimpancés, gorilas y bonobos se mostraron menos capaces o menos dispuestos a participar en el juego planteado por los investigadores.

    Fuente: BBC Ciencia: http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/science/newsid_7798000/7798796.stm

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