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Células de nuetro cuerpo: ¿Cuánto viven?

Ésta es la pregunta que el investigador sueco Jonas Frisen ha respondido recientemente, usando grandes dosis de ingenio.

Para calcular la edad de una célula hay que estudiar su ADN, ya que el resto de las moléculas celulares se están renovando constantemente, pero el ADN permanece estable. Todo el ADN de una célula se originó en el momento de su nacimiento, cuando su célula progenitora lo replicó, y dura hasta su muerte. El ADN es la salvaguarda de la vida celular, el patrón a partir del cual pueden regenerarse el resto de moléculas celulares cuando se agotan (y por ello la principal causa del envejecimiento celular son los daños en el ADN).

Hasta ahora, se había marcado artificialmente el ADN con sustancias químicas para estudiar sus tiempos de renovación, pero este método tiene inconvenientes porque no hay sustancias que reaccionen igual con todos los tipos de tejidos y no ha podido establecerse una escala que mida el tiempo de modo uniforme. Además, los intervalos de vida de algunas células son muy largos y los de otras muy breves y no había sustancias que los abarcaran adecuadamente.

Frisen se preguntó si no habría una especie de marcador natural, un reloj universal que midiera exactamente el tiempo que ha estado viviendo una célula. Se inspiró en las dataciones arqueológicas, que usan un reloj muy fiable: la radiactividad. Los núcleos de los átomos radiactivos se desintegran a una velocidad bastante constante y, si se conoce la proporción de una sustancia radiactiva que había en origen, cuando se formó la célula, se puede calcular la edad de ésta midiendo la cantidad de radiactividad que presenta en la actualidad.

Las explosiones atómicas que se realizaron en la atmósfera hasta 1963 inyectaron en ella una gran cantidad de carbono 14 radiactivo, que se incorporó de forma universal en los seres vivos. El carbono del resto de las moléculas celulares se está renovando constantemente, pero el del ADN no. El ADN contiene un testigo de la proporción de carbono 14 radiactivo que había en la atmósfera en el momento del nacimiento de la célula. Como esta proporción ha ido descendiendo en la atmósfera de un modo constante (se ha podido calibrar midiendo el carbono 14 en cada anillo anual de los pinos de Suecia), la proporción de carbono radiactivo en el ADN es un indicador fiable de su edad.

Los resultados de aplicar sus estudios a las células humanas han sido muy interesantes. Demuestran que nuestro cuerpo tiene una edad media de entre 7 y 10 años, a pesar de que nosotros tengamos varias décadas más. La mayoría de las células se renuevan, pero los ritmos de renovación son muy dispares.

Las células que menos viven son las que están sometidas a un mayor desgaste. Las células que recubren el interior del sistema digestivo, que están sometidas al ataque constante de ácidos y enzimas digestivas, viven una media de 5 días (aunque el resto de células del sistema digestivo viven más de 15 años en promedio). Las células de la capa externa de la piel, que resisten las agresiones del medio exterior, duran unas dos semanas (el polvo que respiramos está en buena medida formado por las escamas que se nos desprenden).

Los glóbulos rojos de la sangre, muy golpeados después de viajar muchos kilómetros por el torrente circulatorio, duran unos 120 días. Las células del hígado, que deben procesar todo tipo de sustancias tóxicas, se desgastan también pronto: viven entre 300 y 500 días.

Otras células que no soportan tanto ajetreo tienen una vida mucho más duradera. Las células de nuestros huesos viven unos diez años. Hay incluso células que no se reemplazan en toda la vida: las neuronas de la corteza cerebral y las del cristalino o lente interna del ojo (aunque éstas en realidad son células muertas, desprovistas de núcleo), cuya degeneración causa las cataratas con la edad. Las células del corazón se incluían antes también entre las que no se renovaban, pero los últimos estudios parecen mostrar que se generan algunas nuevas células a lo largo de la vida.

Hasta hace poco tiempo se pensaba que ninguna célula del sistema nervioso central se regeneraba. Hace unos años se comprobó que hay al menos algunas áreas del cerebro en las que las neuronas se renuevan: el bulbo olfatorio, que procesa la información olfativa, y el hipocampo, una estructura involucrada en la memoria visual. La aplicación del método de Frisen a la corteza visual cerebral demuestra que no hay renovación apreciable de sus células. En el cerebelo, del que recientemente se ha averiguado que participa en bastantes tareas importantes, como la coordinación de movimientos delicados o la audición de las palabras, las células son algo más jóvenes que en el cerebro, lo que indica que su tasa de renovación es mayor.

Las últimas investigaciones parecen mostrar también que una de las principales causas del envejecimiento es la pérdida de capacidad con la edad de las células madre de generar nuevas células en cada tipo de tejido. Si se pudiera influir sobre estas células para aumentar su vitalidad, podríamos asegurarnos un periodo de vida mucho más prolongado. Incluso podrían inyectarse periódicamente células madre cultivadas fuera del cuerpo para renovarlo. El hecho de que haya células capaces de vivir varias décadas demuestra que los factores internos de envejecimiento celular (como la alteración del ADN nuclear, y sobre todo, mitocondrial) podrían no ser demasiado determinantes.

Puede estar relativamente cerca el momento en que podamos sustituir las piezas dañadas de nuestro cuerpo de forma rutinaria. Aunque la manipulación de células madre es peligrosa: lo que promueve su proliferación puede promover también un cáncer. Por otro lado, el hecho de que las neuronas de nuestra corteza cerebral no se renueven, cuando diversos estudios indican que poseen cierta capacidad para hacerlo, puede estar indicándonos algo profundo. Renovar estas células significaría luchar contra enfermedades tan devastadoras como el Alzheimer o el Parkinson, pero también quizá significaría dejar de ser en gran medida nosotros mismos.








...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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