El cáncer es la enfermedad que encarna nuestros peores miedos, aunque no sea la que más muertes causa.
La sensación de albergar en nuestro cuerpo un organismo extraño e ingobernable, que crece en la sombra y amenaza con invadir todos los tejidos, es sin duda terrible. Durante siglos, los angustiosos esfuerzos por comprender la enfermedad no han sido más que palos de ciego.
Hoy dÃa empezamos a saber bastantes cosas. Sabemos por ejemplo que el cáncer es en última instancia una enfermedad del ADN, la molécula que regula el crecimiento y la diferenciación celular. Alteraciones en el ADN de una sola célula pueden hacer que empiece a dividirse descontroladamente, ignore los mecanismos de freno del tejido al que pertenece, absorba los recursos destinados a las otras células y acabe extendiéndose por el cuerpo, enviando emisarios a otros tejidos.
Los agentes que producen alteraciones en el ADN pueden acabar causando un cáncer. Entre ellos están, por ejemplo, las radiaciones ionizantes, como los rayos X o los rayos ultravioleta del sol y determinadas sustancias (como los benzopirenos del tabaco, las aflatoxinas, que causan mutaciones, o las nitrosaminas).
Algunos genes actúan como reguladores clave en el ciclo de reproducción celular y sus mutaciones promueven la aparición de tumores. Ciertos genes están desactivados normalmente en las células y su activación provoca una división celular descontrolada. Son los llamados oncogenes. También existen genes inhibidores de la proliferación celular, cuya inactivación puede desembocar en cáncer.
Estos dos grupos de genes están relacionados en las células normales por una compleja red de regulaciones mutuas, que establecen un delicado equilibrio (recientemente se ha descubierto un gen que podrÃa actuar como “llave maestra” para la activación de muchos oncogenes, lo que podrÃa tener implicaciones para el desarrollo de nuevas terapias). Todo esto explica que el cáncer sea una enfermedad con una predisposición hereditaria (heredar por ejemplo un oncogén mutado puede facilitar el desarrollo de la enfermedad, si por diversos factores en el transcurso de la vida fallan los otros mecanismos de control).
Si nos ponemos a pensar en los billones y billones de células que componen nuestro cuerpo, muchas de las cuales entran en división en cada instante, y en que una sola de ellas puede generar un tumor, nos sorprende que sólo un porcentaje bastante inferior a la mitad de las personas lo desarrolle a lo largo de su vida. En realidad, para que se desarrolle un tumor grave, sus células han de evadir el control de al menos seis sistemas de vigilancia.
En primer lugar, deben iniciar la división a pesar de la ausencia de las señales necesarias para las células normales. Luego, el tumor debe seguir creciendo a pesar de las órdenes de detención emitidas por las células vecinas. Las células con trastornos genéticos importantes obedecen a un tercer sistema de control que las obliga a suicidarse, pero las células tumorales lo ignoran.
La mayorÃa de las células sólo pueden dividirse un número determinado de veces, pero las células cancerosas pueden hacerlo indefinidamente y son virtualmente inmortales. Esto lo consiguen manipulando una proteÃna que regenera los extremos de los cromosomas, que se acortan en cada división.
Un tumor no podrÃa sobrevivir de todas formas si no fuera capaz de generar un sistema de vasos sanguÃneos que le aporten los nutrientes que necesita. Las células cancerosas se las arreglan también para estimular el crecimiento de los vasos sanguÃneos de sus inmediaciones.
A pesar de todo, la mayorÃa de los tumores no representarÃan amenazas serias para la vida si no desarrollaran una sexta propiedad: la metástasis, o capacidad para enviar emisarios a distintas zonas del cuerpo, donde reproducen el tumor. Si el tumor quedara localizado, podrÃa eliminarse normalmente por cirugÃa.
El conocimiento de que el cáncer debe superar todas estas barreras y su tardÃa aparición en la mayorÃa de los casos, sugieren un carácter acumulativo de los trastornos que lo producen. El modelo basado en los errores en genes especÃficos ha sido ampliado en los últimos años. Se ha descubierto que las células cancerosas suelen presentar un amplio abanico de alteraciones en los cromosomas, las madejas de ADN y proteÃnas donde se alojan los genes.
Muchas células tumorales presentan un número anormal de cromosomas y otras tienen cromosomas a los que les falta un trozo o con un trozo añadido. Parece como si un caos sistemático se adueñara del material genético de la célula.
Hoy se piensa que con frecuencia algún fallo en los sistemas de reparación de errores del ADN induce que alguna de las células hijas de la división herede cromosomas alterados. Las aberraciones se van agravando con cada generación y cada vez van afectando a más sistemas reguladores de la célula, hasta que familias enteras de proteÃnas tienen un funcionamiento alterado. En el seno de estas poblaciones de células anormales puede desarrollarse un proceso de selección natural.
La mayorÃa de las células responde al primero o al segundo de los sistemas de control, pero unas pocas presentan una mutación que hace que los eludan y continúan reproduciéndose. Aún no poseen los poderes necesarios para crecer mucho e invadir el organismo, pero pueden acabar adquiriéndolos. El tumor permanece latente durante años, hasta que una porción de sus células desarrolla, por casualidad, otra capacidad, como la de producir nuevos vasos sanguÃneos. Entonces el tumor crece y es más probable que algunas de sus células desarrollen una nueva capacidad, hasta acabar en la metástasis.
Este carácter acumulativo de la enfermedad brinda algunas esperanzas. Permite que puedan diseñarse múltiples enfoques terapéuticos, cada uno de los cuales podrÃa actuar en una etapa. Pero lo más importante es que el nuevo esquema nos dice que en cada instante de nuestra vida, adoptando hábitos saludables, podemos reducir la probabilidad de que las células cancerosas alcancen todas sus capacidades letales.

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En los últimos años, se ha establecido otro factor que propicia el desarrollo de los tumores: la inflamación crónica (que por otro lado, está detrás de otras muchas enfermedades, como la diabetes o las cardiopatÃas). Los tumores en desarrollo reclutan a las células de la respuesta inmunitaria innata (que incluye la inflamación)para alimentar su crecimiento y la formación de nuevos vasos sanguÃneos. En ausencia de inflamación, se ha visto que los tumores dejan de crecer y son incapaces de generar metástasis (el principal peligro del cáncer). A las terapias habituales contra el cáncer puede unirse muy pronto el tratamiento con antiinflamatorios.