El 21% de la atmósfera de la Tierra está ocupado por una sustancia corrosiva, inflamable, tremendamente reactiva, ávida devoradora de todo tipo de materiales y muy venenosa para casi todos los organismos (incluyéndonos a nosotros, pues propicia nuestro envejecimiento): el oxÃgeno.
Su irrupción en nuestro planeta provocó una catástrofe ecológica de proporciones descomunales, llevando a la extinción, al ostracismo o al exilio a millones de seres; pero, a la larga, acabó posibilitando el desarrollo de formas de vida complejas que pudieron crecer y moverse con celeridad, desarrollar potentes músculos y pensar con lucidez.
Las causantes del estropicio fueron las cianobacterias o algas verde-azuladas, organismos diminutos y muy simples, que descubrieron que podÃan obtener el hidrógeno que necesitaban para formar sus componentes celulares a partir de una fuente que abundaba muchÃsimo: el agua. Para romper la molécula de agua usaban la energÃa de la luz solar (la fotosÃntesis la habÃan inventado ya otras bacterias, que tomaban el hidrógeno de compuestos más exóticos, como el sulfuro de hidrógeno). El oxÃgeno era simplemente para ellas un desecho, que toleraban más o menos bien. Como la mayorÃa de los otros organismos morÃan con sólo oler el oxÃgeno, las cianobacterias iniciaron un largo reinado sin sombra de competencia.
Esto empezarÃa a ocurrir hace unos 2.700 millones de años, aunque la atmósfera no empezó a enriquecerse significativamente en oxÃgeno hasta hace unos 2.300 millones de años y probablemente no alcanzó niveles similares a los actuales hasta hace unos 600 millones de años, justo antes de la gran explosión de vida animal del Cámbrico. Incluso llegó un momento, al final del periodo CarbonÃfero, hace unos 300 millones de años, en que se alcanzó una concentración récord del 35% de oxÃgeno en la atmósfera, lo que posibilitó que volaran por ahà libélulas del tamaño de aves rapaces.
La atmósfera de la Tierra primitiva estaba formada por sustancias como anhÃdrido carbónico, vapor de agua, metano o nitrógeno molecular. Estas sustancias son bastante inertes desde el punto de vista quÃmico y para hacerlas reaccionar hace falta un aporte alto de energÃa, como el que podrÃa proporcionar la radiación ultravioleta del sol, que en aquellos tiempos llegaba en abundancia. La llegada del oxÃgeno molecular a la atmósfera supuso una inyección de dinamismo en ella: las reacciones quÃmicas ahora eran más fáciles (a veces demasiado fáciles, como ponen de manifiesto los incendios) y los organismos tenÃan a su disposición una mayor cantidad de energÃa, si eran capaces de controlar la avidez del oxÃgeno por los tejidos vivos.
Para ello, tuvieron que adaptar su metabolismo: en lugar de evitar el oxÃgeno, aprendieron a usarlo. Canalizaron su poder destructivo, utilizándolo para extraer energÃa de los alimentos (lo que hacemos con ellos en realidad es quemarlos), y se encontraron con que por este método podÃan extraer mucha más energÃa de ellos. Desarrollaron potentes enzimas para neutralizar los radicales libres, productos intermedios de las reacciones de oxidación, que son tremendamente reactivos, y los confinaron en compartimentos separados del resto de la célula. Nuestra familiaridad con el oxÃgeno es relativa: su nivel en nuestras células es sólo una décima parte del de la atmósfera.
La vida habÃa permanecido durante miles de millones de años con un nivel muy bajo de complejidad, sin pasar del estado unicelular, pero con los nuevos recursos metabólicos, pudo dar el salto hacia los seres pluricelulares y más tarde hasta los animales de sangre caliente. Otro requisito para el desarrollo de formas de vida complejas era la neutralización de las radiaciones ultravioletas del sol, que bombardeaban la Tierra primitiva y producÃan frecuentes daños en las moléculas orgánicas. El oxÃgeno fue también el que realizó este servicio: en las capas altas de la atmósfera, sus moléculas (formadas por dos átomos) se escindieron por acción de la luz ultravioleta y pasó a agruparse en grupos de tres átomos (eso es el ozono), y a absorber con notable eficiencia las nuevas radiaciones ultravioleta que llegaban.
Los niveles de oxÃgeno en la atmósfera se mantienen bastante estables en la actualidad, porque existen una serie de procesos reguladores que contrarrestan los aumentos y descensos. Por ejemplo, si por darse unas condiciones climáticas muy buenas, las plantas crecen mucho y producen mucho oxÃgeno, se estimula el crecimiento de los organismos que descomponen la materia orgánica, consumiendo oxÃgeno, y también aumenta la probabilidad de que se produzcan grandes incendios, con lo que el nivel de oxÃgeno vuelve a reducirse.
Pero como hemos visto, en la historia de la Tierra ha habido fluctuaciones en las concentraciones de este gas, lo que deberÃa alertarnos sobre los posibles desbarajustes que nuestras actividades pueden crear. El aumento en los niveles de oxÃgeno en la atmósfera al comienzo de la fotosÃntesis de las cianobacterias fue muy lento, porque se tuvieron que oxidar primero los minerales que sentÃan gran afinidad hacia él. Los grandes depósitos de óxidos de hierro bandeados del Precámbrico son el testigo de esta época en que la Tierra se estaba oxidando. Cuando estos minerales se oxidaron por completo, como las cianobacterias seguÃan produciendo oxÃgeno a partir del agua, el gas empezó a acumularse en la atmósfera. El gran aumento en el contenido de oxÃgeno que se produjo al final del CarbonÃfero parece que estuvo motivado por el enterramiento de grandes bosques (que acabarÃan produciendo los depósitos de carbón que usamos hoy), sobre los que no actuaron los recicladores de materia orgánica que consumen oxÃgeno.
El oxÃgeno es, junto a otras moléculas improbables, como el metano o la clorofila, la única prueba de que existe vida en nuestro planeta cuando nos alejamos un poco en el sistema solar. La sonda espacial Galileo pudo detectar estos sellos moleculares de la vida cuando se alejaba de nosotros con destino a Júpiter, pero no pudo detectar otros. Se espera que para el 2.012 se pueda comprobar si en la atmósfera de los nuevos planetas que se están descubriendo hay oxÃgeno. Como existen muchos procesos de naturaleza inorgánica que consumen oxÃgeno, su presencia en grandes cantidades en una atmósfera planetaria es un indicio muy persuasivo de que algún extraño proceso está produciéndolo de nuevo constantemente. Ese proceso extraño puede ser, muy plausiblemente, la vida.

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Parece mentira la importancia que tienen las bacterias en el inicio de la vida y en conocer la Tierra tal y como la conocemos. Posiblemente en alguna parte del Universo, hoy en dÃa, existan bacterÃas que estén transformando su planeta y, quién sabe, en millones de años pueden aparecer animales como los humanos.