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Alimentos transgénicos

Las posibilidades de modificación de los organismos por ingeniería genética son tan amplias que es muy difícil imaginar adónde pueden conducirnos.

Las barreras genéticas entre organismos muy alejados entre sí pueden salvarse y permitir, por ejemplo, que se creen cultivos más nutritivos o resistentes a insectos y herbicidas, plantas capaces de crecer en suelos secos o contaminados por metales, plantas que pueden producir medicinas, frutos que tardan más en pudrirse o que contienen vacunas, etc. Es precisamente este enorme potencial lo que genera miedos y desconfianzas tanto entre los científicos como entre la población en general.

Las plantas transgénicas (de momento los animales transgénicos no están autorizados para la alimentación humana) se obtienen introduciendo genes extraños en ellas. Estos genes pueden proceder de bacterias, otras plantas o animales. Pueden ser introducidos por medio de una bacteria, Agrobacterium, que se comporta como un ingeniero genético natural y esclaviza a las plantas para que produzcan las sustancias que ella necesita para su metabolismo. Otros métodos muy utilizados son la apertura de poros en las membranas de células previamente desprovistas de pared o el bombardeo de las células por partículas de oro o tungsteno recubiertas de ADN.

La mayoría de las principales especies cultivadas cuentan ya con variedades transgénicas, que ocupan millones de hectáreas en todo el mundo (aunque principalmente en los países ricos) y generan un volumen de negocio impresionante, controlado casi en su totalidad por las grandes multinacionales del sector agroquímico. Esta dependencia del poder económico ha determinado que los experimentos en plantas transgénicas se hayan orientado en las direcciones que generan más beneficios a estas empresas, pero que quizá no son las que mejor atienden las necesidades de alimentos de la humanidad y las que menos riesgos ambientales presentan.

En efecto, hasta ahora los esfuerzos se han centrado en la creación de plantas resistentes a plagas de insectos y de plantas resistentes a los herbicidas de amplio espectro. Muchas plantas han sido inoculadas con un gen procedente de la bacteria Bacillus thuringiensis (Bt), que protege a las plantas del ataque de orugas y escarabajos. A otras les han introducido genes de resistencia a la acción de herbicidas para que las plantaciones puedan ser tratadas con productos menos específicos y menos agresivos para el entorno (pero también para dar salida a los stocks de las grandes compañías de herbicidas).

Estas técnicas en principio parecen amigables con el medio ambiente, ya que, por un lado, reducirían la cantidad de insecticidas que se aplican en los cultivos, que pueden acumularse en los suelos y contaminar acuíferos, y por otro permitirían que se usaran herbicidas menos peligrosos. Pero presentan una serie de riesgos ambientales que aún no se han evaluado en estudios a gran escala y a largo plazo.

Uno de estos riesgos es la pérdida de eficacia de estas tácticas conforme los insectos y las malas hierbas van adquiriendo resistencia a la proteína Bt y a los herbicidas de amplio espectro. Cuantas más y más hectáreas se siembren con estas plantas, más probable es el desarrollo de esta resistencia. Ésta será una etapa más de la carrera de armamentos entre los cultivos y las plagas. Si actuamos siempre con las mismas tácticas, fomentando el uso de monocultivos uniformes genéticamente, esa carrera se acelerará y cada vez seremos más vulnerables ante una posible plaga de dimensiones gigantescas. Mejor sería cambiar la estrategia y fomentar la diversidad genética dentro de cada cultivo y el uso de un número amplio de cultivos alternativos.

Otro riesgo de las plantas con proteínas Bt es que puedan afectar a otros organismos distintos de las plagas de los cultivos, incluyendo a los depredadores naturales de estas plagas (este riesgo también se presenta con las aplicaciones tradicionales de insecticidas). Estudios de laboratorio han demostrado que sí afectan a otros organismos, incluso a algunos insectos emblemáticos como la mariposa monarca, aunque parece que en el campo el efecto es pequeño.

El tercer riesgo es el más preocupante. Las plantas genéticamente modificadas pueden cruzarse con especies próximas que crezcan espontáneamente en las cercanías de los campos de cultivo. Podrían así crearse malas hierbas superresistentes a los herbicidas y al ataque de sus parásitos naturales, que podrían extenderse imparablemente por los cultivos o alterar irremediablemente los ecosistemas. A pesar de las recomendaciones de no establecer cultivos modificados genéticamente en las zonas donde pervivan sus antepasados naturales, estas prácticas son muy difíciles de controlar.

Los riesgos para la salud de los cultivos transgénicos necesitan ser evaluados. Los genes extraños podrían producir proteínas tóxicas o alergénicas para los seres humanos, o alterar el funcionamiento normal de las plantas haciendo que produzcan sustancias indeseables. Estos riesgos parecen reducidos ya que en teoría sólo se están introduciendo genes que producen proteínas conocidas y para las que se demuestra su inocuidad. La posibilidad de alterar el metabolismo de la planta es evaluada alimentando a animales con las plantas enteras. Por otro lado, los cultivos diseñados para necesitar menos plaguicidas podrían ser beneficiosos para la salud al limitar la exposición a estos compuestos tóxicos. Pero las imperfecciones de los métodos de evaluación de la seguridad deberían hacer que se actuara siempre con suma cautela.

En conclusión, los cultivos transgénicos ofrecen muchas posibilidades de mejorar nuestra calidad de vida, especialmente en tiempos en que se teme por la capacidad del planeta para alimentar a una población creciente. Pero su introducción a gran escala debe estar presidida por dos grandes principios: el de una precaución máxima, ya que probablemente estemos a las puertas de uno de los mayores experimentos ambientales llevados a cabo por la humanidad; y el de adecuación a las verdaderas necesidades humanas (por ejemplo, promoviendo el desarrollo de plantas más nutritivas o capaces de resistir a la sequía o de crecer en suelos contaminados), en lugar de centrarse en las líneas de producción actuales, más dependientes de los intereses económicos de las grandes compañías y con mayores riesgos ambientales.

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...por Antonio Jiménez ...por Antonio Jiménez


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